Gansos salvajes atrapados en la tormenta


Eduardo_Villatoro

La excusa no es válida, pero es útil. El texto no es original mío e ignoro el nombre del autor. Me lo envió mi amiga Mayra y lo comparto porque creo que el relato, que se ubica en Norteamérica, contiene una enseñanza que podrían valorar mis contados lectores:    Era un hombre incrédulo. Criticaba las festividades religiosas, sobre todo la Navidad. Su mujer, en cambio, era creyente y criaba a sus hijos conformes su acendrada fe, pese al desdén de su marido.

Eduardo Villatoro


Una Nochebuena que estaba nevando le pidió a su esposo que la acompañara con los chicos al oficio navideño de la parroquia. La respuesta del marido fue cortante: ¡Qué tontería creer que Dios se iba a rebajar a descender a la Tierra adoptando la forma de un hombre!
   La esposa y sus hijos se marcharon y el hombre se quedó en su casa a solas. En un momento dado se desató una ventisca y arreció la tormenta de nieve. De repente escuchó un fuerte golpe en la ventana, seguido de otro más. Al salir a ver, descubrió una bandada de gansos salvajes. Comprendió que iban camino al Sur para pasar allí el invierno, pero se vieron sorprendidos por la tormenta de nieve y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en aquella granja sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo en círculos, cegados por la tormenta y sin seguir un rumbo fijo.
  
El granjero dedujo que un par de aquellas aves habían topado en su ventana. Sintió lástima de los gansos y quiso ayudarlos. Pensó que podría encontrar refugio en el granero, donde estarían a salvo durante la noche mientras pasaba  la tormenta. Se dirigió al establo, abrió las puertas de par en par. Aguardó que las aves se dieran cuenta que podían entrar. No obstante, los gansos se limitaron a revolotear dando vueltas. .
  
El hombre intentó llamar la atención de las aves, pero sólo las asustó y se alejaran más. Entró a la casa y salió con algo de pan que fue partiendo en pedazos y dejando su rastro hacia el establo. Sin embargo, las aves no entendieron. El granjero se sentía frustrado y corrió tras los gansos tratando de ahuyentarlas hacia el establo. Las aves se asustaron más y se dispersaron en todas las direcciones, menos hacia el granero. Infirió que los gansos no seguirían a un ser humano.
   “Si yo fuera uno de ellos, entonces sí podría salvarlos” pensó en voz alta, y se le ocurrió una idea. Entró al granero, atrapó a un ganso domestico de su propiedad y lo llevó en brazos paseándolo entre sus congéneres salvajes. Después lo soltó. Su ganso voló entre los demás  y se fue directamente hacia el establo. Una por una las otras aves lo siguieron hasta que todas estuvieron a salvo.
  
El granjero guardó silencio, pero las palabras que recién había pronunciado le resonaban en la cabeza: “Si yo fuera uno de ellos, entonces sí podría salvarlos”. También reflexionó en lo que le dijo su mujer aquel día: “Porque Dios quiere ser como nosotros” ¡Qué  ridiculez!, se burló.
  
Al amainar el viento y cesar la intensa nevada, su alma quedó en quietud. De pronto todo empezó a cobrar sentido. Entendió que eso era precisamente lo que había hecho Dios  “Nosotros –meditó- éramos como aquellos gansos; estábamos ciegos, perdidos y a punto de desaparecer. Dios hizo que su hijo se volviera como nosotros a fin de indicarnos el camino y salvarnos”. El hombre arribó a la conclusión que ese había sido el objeto de la Natividad de Jesús. Comprendió el sentido de la Navidad y por qué había venido Cristo a la Tierra. Se arrodilló y exclamó: ¡Gracias, Señor, por venir en forma humana a salvarnos de la tormenta!