Se están comprendiendo bien los gobernantes de la China Continental y de la República de China asentada en la isla de Taiwán.
Hay positivos avances en el proceso de paz a través del Estrecho, iniciado hace ya muchos años sin mayores esperanzas de éxito a la sazón, pero las cosas han cambiado de aspecto en los últimos tiempos.
Es significativo el hecho de que ya no se habla de las amenazas de una invasión militar de la isleña república por parte de la China comunista, sino de un acuerdo que se vislumbra en forma amistosa entre las dos partes.
En la actualidad, se ve al monstruo de tierra firme más obeso que nunca en la senda del progreso supuestamente integral y hablando con un lenguaje de paz, no de guerra, como ocurría desde que el regordete Mao Tse-tung asaltó el poder con sus hordas enrojecidas…
El presidente de la República de China, Ma Ying-jeou, a principios de noviembre retropróximo participó en un simposio efectuado en Taipei con motivo de conmemorarse el vigésimo aniversario del Consenso de 1992, referente a un entendimiento implícito entre Taipei y Pekín respecto de la idea de “una China”, para interpretar, precisamente, lo que significa “una China”, o sea, como se entiende en Taiwán: “República de China”, pero a esa frase, en el territorio continental, le dan la definición de “República Popular China”.
El mandatario taiwanés aclaró que las tres premisas son: el pacto de satisfacer las necesidades actuales del país; debe contar con fuerte apoyo del pueblo y ser supervisado por el Yuan Legislativo.
A juicio de Ma, el Consenso de 1992, que permite que ambos lados del Estrecho puedan acordar en desacordar (sic) el significado de “una China”, es una fórmula que ofrece una base para la confianza mutua, además de ser factor crucial para asegurar la paz.
A pesar de tales ambigüedades, las pláticas entre los representantes de las dos Chinas (la democrática y la comunista) están procurando un feliz desenlace que esperan fervientemente no sólo dos pueblos, sino a la vez toda la comunidad mundial.
Indudablemente, el coloso continental quiere lograr mayor ventaja en un arreglo de la situación, sobre todo porque la República de China vertiginosamente ha llegado a ser una potencia en lo industrial, en lo comercial, en lo económico, en lo político, en lo militar y en todo sentido, lo que le causa envidia, y no le faltan ganas de salir avante astutamente.
El presidente Ma y Hu Jintao, el ministro del Consejo para los Asuntos de China Continental Wan Yu-chi, en entrevista concedida a importantes medios de comunicación, dieron interesantes declaraciones. Yu-chi dijo en el desarrollo del simposio realizado sobre el Consenso de 1992 que las negociaciones a través del Estrecho se han llevado a cabo siguiendo los principios de “atender primero los asuntos urgentes y fáciles”; después los más difíciles, así como los asuntos económicos primero y, después, los políticos.
El pueblo guatemalteco ve con mucha simpatía a la República de China, y admira la superación que ha alcanzado mediante ímprobos esfuerzos en el transcurso de relativamente pocas décadas. Decimos esto porque es una república joven que ha dado un hermoso y elocuente ejemplo de trabajo edificante en los diversos órdenes de su vida.
Al presente, hay muchos aspectos prácticos y técnicos que siguen pendientes de consultas y soluciones por ambos lados.
En síntesis, puede decirse que en el curso de las conversaciones entre los representantes chinos continentales y chinos taiwaneses, se comprueba la buena voluntad de unos y otros, lo que hace visualizar una solución favorable a las dos Chinas.