Recordando a José Colaj


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Hace un año murió José Colaj, pintor de San Juan Comalapa, cuando su obra ya madura apenas empezaba a llamar la atención del gran público y a suscitar en las mentes más lúcidas y sensibles reflexiones serias sobre la cultura maya contemporánea y los sentimientos de la población indígena que se reflejan en sus obras, cuyo intenso colorido surge ya no del folclor y del exotismo sino de una temática dolorosa y candente en la que resuena la historia social de Guatemala de las últimas décadas.

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POR JUAN B. JUÁREZ

Nacido en 1959 en un pueblo de indios, la vida entera de José Colaj estuvo marcada por el conflicto armado interno que, sobre todo en los años 80, se ensañó con las comunidades indígenas de San Juan Comalapa quizás con mayor violencia que el terremoto de febrero de 1976, cuyos dolorosos recuerdos en la memoria de la gente palidecen frente a la zozobra permanente en que los sumió la guerra.  Sobre ese clima psicológico de angustia y temor permanentes se puede especular con cierto fundamento a partir de los macabros hallazgos de fosas clandestinas en los terrenos de la antigua base militar situada a la entrada del pueblo.

Dado ese clima, su temprana venida a finales de los años 70 a la ciudad capital fue, si se mira bien, buscando refugio, en un acto solitario que prefigura el éxodo masivo de los refugiados de los años 90.  Con algunos rudimentos de pintura, se inscribió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas en la que se graduó de bachiller en arte, al mismo tiempo que trabajaba de aprendiz de enderezador y pintor automotriz en una importadora de vehículos. Sin embargo, no obstante sus estudios académicos, José Colaj nunca perdió el vínculo con la pintura tradicional de Comalapa, lo que se manifiesta no sólo en el colorido y en lo esquemático de su figuración sino sobre todo en la amplitud colectiva y costumbrista de su temática. Podría afirmarse, en consecuencia, que lo que aportó la Escuela de Artes Plásticas a su obra fue cierta conciencia del significado del acto de pintar y del simbolismo de todas las formas y, de allí, una intención crítica que lo acerca a la realidad y al presente, de manera que lo que pintó, a diferencia de los otros pintores de Comalapa, no fueron las costumbres de los antepasados sino la forma que adquiere una costumbre ancestral al asumir el presente, un presente conflictivo, por lo demás.

No obstante que tiene sus raíces en el conflicto armado, lo que testimonia la pintura de Colaj no son las atrocidades de la guerra, sus injusticias o su excesiva violencia, ni el particular ensañamiento contra la población indígena de su pueblo.  Lo que pintó José Colaj fue algo más íntimo: el dolor de los sobrevivientes, un sentimiento que en su estado puro no se presta a la distorsión ideológica sino que simplemente es una vibración rumorosa y cálida que hace eco en la vida interior.  No es un sentimiento ciego que se encone, por ejemplo, en la obra de un artista solitario sino ese rumor interno, esa resonancia que convoca a los deudos que no son sólo los familiares cercanos sino toda una comunidad que siente el ex­trañamiento a uno de sus miembros.  Un sentimiento que pone en marcha un complejo ritual fúnebre que permite a la comunidad seguir viviendo o, en el caso de San Juan Comalapa, de los pueblos indígenas o de todos los guatemaltecos, seguir sobreviviendo.

Nótese, por ejemplo, que la rotundidad de los personajes de su pintura surge de su propia afirmación en ese sentimiento y ese ritual.  No es la indiferencia lo que hace que siempre se muestren de espaldas sino el profundo ensimismamiento en su dolor individual y colectivo, que únicamente se abre a los que puedan sentir con la misma intensidad y participar con el mismo dolor.  La pintura de José Colaj, no obstante su temática dolorosa, no es combativa ni beligerante.  No devuelve la violencia con violencia, pero tampoco es resignada, sino que tiene más bien el sentido de una plegaria que se eleva al cielo, de una metáfora que convierte en sagradas las acciones que buscan el cambio.