A los guatemaltecos ya nos parecen lo más natural del mundo las chambonadas. Hay quienes ni les ofende ni les disgusta observar a nuestros funcionarios públicos haciéndola de sastre remendón. Lo que sí nos saca de quicio es que nos quieran ver cara de lo que no somos o pretender darnos gato por liebre. A eso le llamamos descaro o abuso de poder. Con solo llegar a la Antigua Guatemala y comprobar la fallida acción de reparar el tramo de acceso, en la época menos indicada, es para halarse los pelos y ponerse a llorar.
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¿Tan difícil es pensar que una desacertada decisión pueda ocasionar enorme cantidad de daños y perjuicios a la población?
A los amables lectores que sufren cada vez que nuestras autoridades hacen gala de su incapacidad, les cuento que tengo muchos años de utilizar un tramo de la zona doce de la ciudad capital que permite un relativo fácil acceso al Boulevard Liberación, a pesar que la cinta asfáltica lleva años de estar en malas condiciones. Pues en estos días, previos a las festividades de fin de año, cuando menos oportuno es ponerse a repararlo, lo tenían que hacer, provocando lo que en nuestro país lleva el significativo calificativo de “desmadre”, en donde unidades de transporte de pasajeros, de carga pesada, automovilistas y motociclistas peleamos por ser los privilegiados del derecho de paso.
Ilusos que somos los chapines, porque cuando nuestro alcalde Arzú dispuso prohibir el ingreso a la ciudad capital del transporte de pasajeros inter y extra urbano provenientes del norte del país, supusimos que tanto esos vehículos como los usuarios podrían gozar de mayores comodidades de las que antes calificábamos de precarias. Pero no, sucedió todo lo contrario. Surgió otra chambonada. No pudieron prever que hubiera suficientes unidades del “Transurbano” para llevar a los pasajeros hasta el punto final de su viaje y, a pesar de que de sus exiguos bolsillos estaba saliendo el valor de un pasaje adicional, les es imposible abordarlos con la comodidad y facilidad del caso.
Y así transcurren los días en la gran ciudad que se fue transformando en un monstruo de mil cabezas sin que hayamos podido contar con funcionarios y sus respectivos auxiliares que se pusieran a la altura de su crecimiento y desarrollo porque se ha seguido prefiriendo la opción de politiquear, ya fuera organizando posadas navideñas, maratones, desfiles o comilonas de tamales con pan y cafecito caliente, aprovechándose de la necesidad de aquella gente que le hace falta de todo en las festividades de fin de año.
Qué lástima que sigamos sin despertar de un larguísimo letargo popular, producto del dejar hacer y dejar pasar. Qué tristeza que sigamos siendo víctimas de tantas chambonadas, en vez de planificar y llevar a cabo obras que se traduzcan en mejorar la calidad de vida de todos los habitantes de lo que otrora fuera “tacita de plata”.