Remoto atisbo navideño


Eduardo_Villatoro

El sol se había ocultado lentamente. La penumbra de la tarde moribunda se tornaba en oscuridad que cubría la fila de ranchos de campesinos a la orilla de la carretera. Una leve e inesperada lluvia presagiaba el derroche de un aguacero tardío. Mi madre me pidió: –Por favor, tomá la jarrilla de peltre y vas al río. Llevás el candil para alumbrarte.

Eduardo Villatoro


Mi mamá llamaba candil, como nuestros vecinos colonos de ese anexo de la finca El Malacate, lindante con la aldea El Carmen Frontera, al envase de un octavo de licor que llenaban de gas para uso doméstico, del que sobresalía una mecha, la que se encendía para servir de mortecino alumbrado en todos los ranchos. Con mi madre –a quien muchos años después mi mujer, mis hijos, nietos, y sobrinos llamábamos cariñosamente Mamá Limpa- ocupábamos una de esas rústicas viviendas de dos ambientes, en uno de los cuales estaba la cama de ella, mi catre, una alacena, un baúl, una pequeña mesa y cuatro sillas de pino.

Dividido por una cerca de palos estaba la cocina, para llamarla de algún modo. Tres piedras sobre una base de tetuntes sostenían la olla. A su lado, otros trastos. Era el poyo donde Mamá Limpa cocinaba los elementales alimentos. El rancho -piso de tierra, techo de manaque- estaba rodeado de tablas que servían de paredes. Quien se lo propusiera podía atisbar desde afuera la intimidad del sencillo hogar.

Tomé la jarrilla y el candil, me encasqueté un sombrero de petate y me encaminé hacia el río. El Caimito lo llamaban porque a su vera crecían árboles silvestres, entre guarumos y conacastes, que en su debido tiempo ofrecían ese carnoso fruto de color morado externamente, y blanco con pinceladas lilas en su interior. A lo lejos, escuchaba el tronar de bombas de vara que fugaz y pálidamente iluminaban el frondoso cafetal. Caminé sigilosamente. Yo tendría, quizá, unos cuatro o cinco años de edad.

Con Mamá Limpa habíamos ido a parar a esa ranchería porque después de que el Supervisor de Educación Departamental de San Marcos la había despedido de su trabajo de profesora de la escuela de niñas de Tejutla, donde me dio a luz, por no ser titulada, había conseguido empleo de maestra rural en esa finca, a dos kilómetros del límite fronterizo con México.

Regresé al rancho. Mamá Limpa (María Olimpia Villatoro Barrios, para usos oficiales) dormitaba sobre su lecho y se cubría con una delgada cobija. Al cerciorarse de mi retorno me dijo: -Ahora, m’ijo, mojá muy bien esa toalla; la estrujás y me la ponés en la frente.

Así lo hice. Me senté a su lado en la cabecera de la cama. Hundí mis pequeños dedos en su entonces negra y espesa cabellera. Le acaricié la cabeza y besé sus mejillas. Luego, me quedé acurrucado Estábamos solos los dos en medio de la noche, la enfermedad y la pobreza. El paludismo hacía estragos en la ranchería. Mi madre hervía de fiebre y se asomaban en sus pequeños y dulces ojos negros minúsculas gotas que empañaban su vista. Reprimía el llanto para que yo no sospechara del dolor que atenazaba su cuerpo. Me dormí a su lado.

Era Nochebuena, según me lo dijo al día siguiente cuando le pregunté por el eco de los cuetes que uno que otro niño campesino quemaba con chencas de cigarros. Ligeramente aliviada después de tomar alguna pastilla me explicó que se celebraba el nacimiento de Jesús. “Vivirás tiempos mejores –me auguró-, y conforme vayás creciendo comprenderás lo que significa el Hijo de Dios en tu vida y en tu camino. Llegará el momento cuando lo que nos ocurre ahora, sólo será un vago recuerdo de amargura; pero también de amor y de ternura”.