Es impresionante la política guatemalteca. Lo que no se tiene o cuesta conseguir, se conquista pagando un precio. Cuando se hacen elecciones de autoridades de Gobierno, si los votos no son suficientes como para asegurar el triunfo, se acarrea gente de cualquier lugar para lograr obtener la mayoría. Se dice que para ser candidato para algún puesto de elección, se debe abonar a la cuenta del partido una buena cantidad, que servirá para impulsar también al presidenciable. Y ya está. Se tiene el cargo.
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Cuando pareciera que una iniciativa de ley no cuenta con la simpatía de la cantidad de diputados suficiente como para aprobarla, se negocia quién sabe con qué. Recursos públicos, contratos o prebendas que den espacio para beneficios posteriores, o también con negociaciones en otras instancias para agilizar procesos de inscripción de agrupaciones con intereses políticos, por ejemplo.
Para no tener problemas con parte del sector empresarial, en la rama tributaria, este año el Gobierno, en varias ocasiones, ha exonerado del cobro de multas por infracciones en las aduanas a un sector que estaba muy descontento con la reforma fiscal decretada. Con eso, por ahora, parece que ese sector está tranquilo, supuestamente obteniendo facilitación comercial.
Entre varias propuestas que el Gobierno impulsa, pero que otros consideran que impone, está la reforma a la carrera del magisterio. Unos la adversan bajo el argumento de que las familias que tienen a sus hijos estudiando esa profesión, no tendrían los recursos económicos suficientes como para darles educación por cinco años para que al final de cuentas se gradúen como maestros.
Por otro lado, están quienes creen que la citada reforma será de tal éxito que elevará, en el mediano plazo, la calidad de los docentes que enseñan a niños y niñas del nivel primario. Uno de los problemas que parece tener el Gobierno en este caso, es la forma en que ha comunicado los cambios. No dice mucho. Solo que tiene apoyo de varios sectores, entre estos, los maestros.
Se sabe que los maestros, sobre todo los que laboran para el sector privado, carecen de un salario acorde a sus necesidades. Primero, porque gran parte trabaja en colegios de barrio, de esos que abundan como las sedes de iglesias pequeñas o tortillerías, que son administrados de cualquier manera, menos de forma técnica.
Otro tanto, que labora para el Ministerio de Educación, lo hace bajo contratos en los que a veces pasan meses para que puedan percibir su salario. Unos más, lo hacen en condiciones en que nadie puede decirles nada, ni siquiera el director de escuela, porque parecen inamovibles.
El incremento salarial que tendrán los maestros del Ministerio a partir del año próximo, debido a la firma de un pacto entre el Gobierno y la Asamblea Nacional del Magisterio, más parece una compra de voluntades por anticipado que un intento por darle dignidad a esa profesión. No hace falta ser un gran experto como darse cuenta de que el aumento de 30 por ciento al salario de esos trabajadores es para garantizar que la oposición a la reforma de la carrera tenga la menor cabida posible.
La estrategia actual se parece a la del Gobierno anterior, que con el afán de ganar adeptos en el año electoral incrementó el salario mínimo de todos los trabajadores de manera considerable, al menos porcentualmente, buscando la continuidad de sus allegados en la conducción del Gobierno; o cuando por acuerdo gubernativo decidió duplicar el salario de la Contralora y parte de su equipo, que en ese entonces se catalogó como soborno.
Los problemas que acarrea la democracia, es que no todos estamos de acuerdo con las decisiones que se toman, pero una de las bondades de ese modelo es que puede haber espacio para dialogar y encontrar buenos acuerdos. En esto último debería basarse la discusión de la reforma magisterial, que aunque lleva años de conversación y preparación, parece que le falta mucho por recorrer. No me opongo a la citada reforma. Incluso la considero necesaria. Pero la forma de buscar que los maestros actuales no se opongan a ella, casi por decretazo salarial, no es la manera de impulsarla.