La discriminación resulta abominable, en especial la que nuestra sociedad ha venido haciendo con quienes sobrepasan los 60 años de edad, más todavía cuando emplean hirientes calificativos, incluso tornando difícil sus condiciones de vida al ser postergados y hasta excluidos por supuestas incapacidades físicas o intelectuales para el mejor desempeño de funciones laborales o actividades sociales, cuando en países mucho más desarrollados que el nuestro los trabajos se otorgan únicamente sobre la base de la experiencia y capacidad adquirida de sus elementos.
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Para mí ha sido muy triste presenciar, con el natural disgusto por supuesto, cuando jóvenes se expresan mal de sus padres o parientes, incluso frente a ellos, lo que se agrava por la falta de respeto que ello representa. También debo aclarar que no lloro por la herida ni cosa que se parezca, sino me causa mucha preocupación que gente de gran valía por su capacidad, conocimientos y experiencia sea desechada por el simple hecho de haber atesorado buen número de años de existencia. A mano tenemos el ejemplo del magistrado Luis Arturo Archila quien por cumplir 75 años de edad podría ser retirado del cargo que desempeña en la Corte Suprema de Justicia, a pesar que fue elegido para un período de 5 años, que no han terminado y que por haber ejercido siempre su profesión de manera independiente no forma parte de la carrera judicial regida por una ley específica.
A nadie escapa que hoy más que nunca el Estado requiere de los servicios de aquellas personas que alejadas de la política partidista y sin intereses personales o mezquinos estén dispuestos a servir a su comunidad en puestos claves que requieren de contar con una trayectoria limpia, honesta y de amplia capacidad demostrada. ¿Beneficiará en algo entonces al país descartar a alguien por el simple hecho de haber sobrepasado determinada edad aun cuando haya demostrado no tener ninguna limitante para el óptimo desempeño de sus deberes y obligaciones?
Si bien es cierto que en muchas cosas nuestro país se ha estancado e incluso ha retrocedido, también lo es que en aspectos sociales concretos, como el de los adultos mayores, debiéramos estar prosperando en todo sentido y no hacer lo contrario. No hablo de otorgar ventajas o canonjías, sino simplemente reconocer lo que es justo y ecuánime para todos nuestros congéneres sin excepciones de edad, sexo, clase social, económica o política. ¿Por qué somos reacios a cambiar erróneos conceptos, cuando incluso debiera legislarse a favor de algo que tiene perspectivas positivas, beneficiosas y son de alta proyección social?
No es necesario ser experto en las disciplinas de la geriatría, gerontología o sus derivados para saber que la causa fundamental del deterioro de la vida de un adulto mayor es cuando llega a perder su autoestima ¿Por qué entonces no hacer hasta lo imposible por engrandecerla con el simple reconocimiento de sus méritos?