Pocas veces en los últimos años hemos sido testigos del exacerbado radicalismo político que despertó la reacción contra la iniciativa de Ley de Desarrollo Rural, plagada de críticas y señalamientos que nos retrotraen a los días de la furibunda confrontación entre comunistas y anticomunistas que marcó a Guatemala a partir de la década de los años cincuenta. Sin embargo, es un hecho que el país necesita alentar el desarrollo rural en forma integral y que tal y como está el modelo actual no existe ninguna posibilidad de ofrecerle a la gente más pobre del campo alguna oportunidad, ni siquiera para que puedan alimentar decentemente a sus hijos, no digamos para lograr la plena realización a que tienen derecho como seres humanos.
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Limitarse a decir que la iniciativa es medio comunista y que afecta los intereses de los grandes empresarios no es adoptar posturas racionales y constructivas. Hay hechos concretos que no podemos pasar por alto. En Guatemala la única oportunidad que hay para millones de personas es emigrar a Estados Unidos, desafiando cualquier cantidad de adversidades, para trabajar a cambio de una paga mejor que les permita enviarles dinero a sus familiares aquí. De hecho, la economía nacional se mantiene al ritmo de las remesas y de no ser por ese aporte logrado con tanta sangre, dolor y lágrimas, todos esos empresarios que ahora dan el portazo al debate sobre el desarrollo no tendrían el mercado que les mantiene activos económicamente.
Casi la mitad de los niños de Guatemala sufren de desnutrición crónica que les limita el crecimiento, físico y mental, y les condena para toda la vida a sufrir las consecuencias de la indiferencia de una sociedad que pareciera vivir muy tranquila mientras la mitad de su recurso humano ve comprometido su futuro por la deficiencia alimenticia. No obstante esas deficiencias, que arrastramos por generaciones, afuera de nuestras fronteras se aprecia y valora al trabajador guatemalteco como esforzado, dedicado y cumplidor, razón por la cual goza de preferencias en muchas de las comunidades norteamericanas donde han aprendido a verle esas indiscutibles cualidades que aquí, en su propia tierra, les regateamos con tanto desprecio mediante expresiones como aquella de que quien es pobre lo es por huevón.
Ante esa realidad incuestionable de un modelo que no funciona y de la ausencia total de políticas de desarrollo tanto rural como urbano, la oposición simple y terca no tiene cabida. ¿Qué proponen los que no están de acuerdo con esa iniciativa o con cualquier esfuerzo que se haga para corregir las inequidades de nuestra sociedad? No me puedo imaginar que esas voces estridentes que hemos escuchado estén propugnando porque todo se mantenga igual, porque nuestra gente siga sin ninguna oportunidad más que la de emigrar si quieren prosperar. No entiendo cómo se puede ser conservador en un país con tanta desigualdad en donde no tenemos un modelo que conservar, sino un modelo que cambiar para ponerle fin a la injusticia.
Si a la negativa a buscar soluciones para propiciar el desarrollo humano de nuestra población se suma la negativa persistente a pagar impuestos o a mejorar salarios, nos queda un cuadro desolador que no sirve más que para engendrar conflictos sociales porque la historia es pródiga en mostrar que no se puede mantener una situación de marginación y exclusión de tanta gente por tanto tiempo impunemente. Tarde o temprano tendremos que pagar la factura de la indiferencia y, peor aún, de la racional resistencia a cualquier esfuerzo para atender las necesidades de los que menos tienen. Porque racional resistencia al respeto a la dignidad intrínseca del ser humano es lo que se detecta en ese arrogante rechazo, dando un carpetazo y punto, a iniciativas de desarrollo.