La vida nos provee de múltiples vivencias que al procesarlas las transformamos en experiencia acumulada. Nuestros hábitos se forjan a partir de entonces. De estas, las vivencias, las hay agradables, positivas, angustiantes, trágicas, dolorosas y tantas formas más como capacidad tengamos de diferenciar unas de otras. El lunes se cumplirán cuarenta años de un hecho que marcó mi existencia.
En abril de 1972 en mi familia había felicidad desbordante. Un proceso cargado de penalidades, limitaciones, sacrificios y grandes esfuerzos llegaba a su feliz culminación.
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Mi hermano mayor, Luis Felipe, se graduaba de Médico y Cirujano. Mamá estaba desbordante, mi hermano en su propia realización había materializado el más grande anhelo de ella. El acto solemne en el Paraninfo Universitario, que para entonces empezaba a dejar de ser la sede de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos, estaba revestido, en mis recuerdos, de la suntuosidad propia de un Templo del Saber. En ese escenario se produjo el interrogatorio y la investidura que le acreditaba como profesional de la medicina.
Las semanas y los meses siguientes fueron de tramitología. Le acompañé a buscar la sede de la que sería su clínica. Un inmueble que aún existe sobre la tercera avenida de la zona 1. También estuve a su lado cuando fuimos a la imprenta y ordenó sus tarjetas de presentación. Había planes que se extendían a los otros integrantes del núcleo familiar. El futuro se pintaba promisorio por demás. Yo estaba cursando para entonces el Tercero Básico en el Instituto Rafael Aqueche. Y llegamos a aquel noviembre de 1972. Me dirigía en bus hacia donde ahora se encuentra la sede del Ministerio de Educación y que en aquel entonces funcionaba como establecimiento educativo. No recuerdo por qué, pero el viernes 24 de noviembre de ese año, en el bus, pensé “estamos a un mes de la Nochebuena”, todo está en positivo y será una alegre, una muy alegre celebración en familia. La mañana de aquel domingo 26 fuimos alertados en casa. Un accidente automovilístico, en carretera al Puerto de San José, a inmediaciones del kilómetro 102, le arrebató la vida. Y todo cambió a partir de entonces.
Mamá se inundó de tristeza. Yo de un tajo había perdido a mi hermano, que era mi amigo y consejo, una grata imagen a imitar. Mi otro hermano, por su enfermedad no alcanzó a diferenciar más que el propio vacío que su muerte nos produjo a todos. Me encerré en mí propia soledad. Ahora a la distancia puedo afirmar que guardé un luto excesivo, al punto que los compañeros de magisterio me clavaron el riguroso apodo de “El zope”, cuando era en menoscabo y el de “Águila negra” cuando era de elogio. Así las cosas. Hoy le recuerdo. Ya de aquel núcleo familiar todos han partido. Soy cabeza de mi propio núcleo y la vida continuó, continúa y continuará con o sin nosotros, esa es la regla universal.
Y este martes 20, mis hijos mayores me proveyeron de una agradable y satisfactoria vivencia. Culminaron sus estudios del nivel medio y se encaminan a la universidad. Llenos de sueños como están no he querido dejar pasar la oportunidad para compartir, además de ellos, con el apreciable lector, de esta intimidad que hoy he puesto al descubierto. Que en estas breves líneas intento sintetizar el cúmulo de experiencias que la vida nos ofrece. A ellos mis mejores deseos porque no cejen en el empeño de alcanzar la mejor de las formaciones posibles. Ese esfuerzo es el resultado del empeño propio. Ellos tienen la madera para llegar a forjarse como futuros profesionales de éxito. Tienen todo al frente y ahí estaremos para darles aliento y cuando lo requieran uno que otro consejo. La vida humana es un fenómeno maravilloso que nos provee de muchas enseñanzas que a veces no nos llegamos a percatar completamente de ello. Adelante, muchá. Que en todo les vaya bien.