El país del fin del mundo


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Dentro de un mes exacto estaremos celebrando el final de una era en el calendario maya, y el inicio de otro ciclo. Un evento que desde la óptica occidental llegó a considerarse como el fin del mundo. Afortunadamente, esta visión apocalíptica ha sido desplazada por un ambiente más festivo y, en cambio, se está impulsando la fecha como una opción de cambio de actitud ante la vida.

Mario Cordero Ávila
mcordero@lahora.com.gt


Desde la visión judeocristiana se ha insistido en la estrategia de hacer creer a los impíos y pecadores sobre un fin del mundo, o al menos una destrucción bastante fuerte, con el objetivo de que se logre el arrepentimiento de los necios. Desde el cataclismo al cual solo sobrevivió Noé, su familia y sus nueras, hasta otras destrucciones más o menos generalizadas de ciudades como Sodoma y Gomorra y Babilonia, entre otras.

Y como la religión cristiana fue la hegemónica en la cultura europea que invadió América hace más de 500 años, y sus valores se han extendido en buena parte del mundo, este temor al fin del mundo se ha mantenido como estrategia de dominación popular, para exigir a todos que sean buenos, porque el Juicio Final está por llegar. Esta estrategia empieza a tener sus fallos cuando la gente dejó de creer en una vida futura, en que los buenos irán al Cielo, y los malos al Infierno.

Aun en el año 2000, con el cambio de milenio, se asustó con el petate del muerto, sobre todo con el llamado Virus Y2K, el cual auguraba que todo el equipo de computación tronaría, porque no se reconocerían los nuevos dígitos, por lo que había que hacer la actualización. Se temió que la energía eléctrica colapsara, al igual que toda la información y servicios que dependen ya de una computadora. Sin embargo, el nuevo milenio entró sin problemas y las únicas que salieron ganando fueron las empresas de venta de computadoras y de software.

Ahora, se intentó utilizar el Oxlajuj Baqtun como un supuesto fin del mundo. Hollywood aprovechó la coyuntura y lanzó una película hace unos años, al estilo de “Armagedón” o “Impacto Final”, en que se profetizaba el fin de la civilización humana por la caída de un meteorito.

Los pueblos mayas han insistido en que no será un final de los tiempos, y aprovechan la ocasión para sugerir un cambio de actitud. Porque en nuestro país en donde es noticia diaria la corrupción, la negligencia, la ineptitud y la violencia, es urgente un cambio para poder vivir mejor, en una sociedad más justa.

Y quizá sí fuera deseable que algunas personas retomaran ese “temor” por el final de los tiempos, no tanto por convicciones religiosas, sino por motivos de inteligencia y solidaridad. La anomia y la impunidad que dominan nuestra sociedad guatemalteca, han hecho que los malhechores, corruptos, sicarios y demás, actúen sin temor a las consecuencias, pensando en que el mundo es eterno y que vivirán sin castigo por los siglos de los siglos.

Algunas construcciones recién hechas en San Marcos, especialmente instalaciones públicas, se destruyeron a pesar de tener pocos meses de haberse inaugurado. Seguramente, los constructores corruptos tan solo pensaron en recibir su pisto, sin pensar en consecuencias posteriores. Algunas personas que manejan dinero público, se llenan los bolsillos con miles o millones de quetzales en operaciones anómalas. Pero, ¿de qué les serviría robarse Q82 millones, si el mundo se acabará mañana? ¿De qué sirve favorecer a algunas empresas con regalarles frecuencias electrónicas por 20 años, si el mundo se acabase en un mes?

Y mientras los corruptos han de creer que el mundo es eterno, así como creen que es eterno el letargo de los guatemaltecos que lo permitimos, para muchos otros no necesitan que se llegue el Juicio Final para que se les acabe al mundo. A diario, a 16 personas en promedio se les acaba el mundo porque un sicario así lo decidió, quizá porque no pagó Q50 de extorsión. Otros tantos mueren a diario porque las condiciones de insalubridad y pobreza no permiten tener una vida digna. Otros mueren de hambre, porque corruptos se han robado el dinero para programas de alimentación. Y otros no mueren, pero es como que se les acabara el mundo porque terminan en una cárcel, o en un hospital público, que es un panorama que es similar a la muerte. Y un largo etcétera de casos, porque en realidad vivimos en el País del Fin del Mundo, donde diariamente acaba el mundo y la vida para decenas de personas, ante las injusticias, la violencia o la corrupción.