El Latín


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El pasado 10 de noviembre el Papa Benedicto XVI instituyó a través de una “Lettera apostolica in forma di motu proprio” la Pontificia Academia de Latinidad, organización que tiene como propósito fundamental promover el estudio del latín no solo en los seminarios, lugar donde los estudiantes son cada vez más ignorantes de la lengua, sino en las universidades y centros de estudios en general.

Eduardo Blandón


El aprecio de la Iglesia por el latín ha sido legendario y por mucho tiempo, como se sabe, fue “la lingua franca” no solo en el seno del catolicismo, sino de la academia universitaria.  Tanto que era signo de ignorancia supina carecer de rudimentos mínimos en la materia.  Así, uno tenía que aprender a declinar y a traducir no solo historias bíblicas, sino textos clásicos que al final se memorizaban inevitablemente.

            Los signos de desprecio o resistencia se inician en el Renacimiento, cuando algunos se atreven a publicar en su propio idioma.  Tal fue el caso de Lutero y, según parece, de Galileo, quienes asociaron quizá el latín a la lengua de los opresores o de esa edad oscura de la que añoraban superar.  Pero su culmen se alcanzó en el siglo XVIII con los iluministas, contestatarios por antonomasia y rebeldes con o sin causa.

            De esa cuenta, es célebre la expresión de Carlos V: “Se debe hablar a Dios en castellano; a los hombres en francés; a las mujeres en italiano, y a los caballos en alemán”.  Siglos antes, era imposible no hablarle a Dios en latín: a través de la liturgia, el catecismo, la Biblia y los curas que vivían obsesionados por la lengua que hoy es casi pieza de museo.

            El Papa lo reconoce en su “motu proprio” al decir que “en la cultura contemporánea se percibe sin embargo, en el contexto de un decaimiento generalizado de los estudios humanísticos, el peligro de un conocimiento cada vez más superficial de la lengua latina, verificable también en el ámbito de los estudios filosóficos y teológicos de los futuros sacerdotes”.

            La institución de la Academia de Latinidad quiere rescatar casi del panteón al Latín y, si no ponerlo de moda, al menos estimular a sus monjes a estudiarlo con seriedad.  Yo a veces creo, sin embargo, que entre los jóvenes seminaristas se cumple al pie de la letra aquella expresión atribuida a Enrique Heine: “Los frailes de la Edad Media no andaban del todo descaminados cuando afirmaban que el griego era una invención del diablo”.  Yo creo que para los aspirantes a curas, no es el griego el enemigo a vencer, sino el latín, auténtica invención de Mefistófeles.