Con frecuencia recibo correos electrónicos acerca de lo beneficioso que es beber agua pura hasta la saciedad, en vista de que mientras más tomemos líquido incoloro, inodoro e insípido, combinado con oxígeno e hidrógeno (según la fórmula que lo describe el diccionario), menos posibilidades hay que enfermemos de cáncer, diabetes, alzhéimer, enfisema pulmonar, hepatitis, reumatismo, neumonía, artrosis, neurosis, obesidad, desnutrición, diarrea, caries dental y una centena más de cuadros patológicos que resulta difícil recordar, incluyendo estados depresivos, mal humor, angustia y de ira.
Generalmente, las cibernéticas recetas gratuitas más moderadas y benignas sugieren, aconsejan, recomiendan o determinan que se deben beber dos litros de agua diariamente, por lo menos, es decir, ocho vasos de ese recurso natural que presuntamente está al alcance de cualquier persona, por pelada que sea; mientras que los más rigurosos indican que para que uno se mantenga absolutamente libre de cualquier síntoma patológico, por simple o estrambótico que sea, es necesario rempujarse entre 12 y 15 vasos de agua, mínimo, aunque se pase la mitad del día y buena parte de la noche en plena orinadera, para decirlo con palabras del vulgo, y descuidando actividades laborales, académicas, recreativas y hasta románticas.
Para serles sincero, mis estimadas colochas y apreciados colochos, yo hice el intento más de una vez de zamparme dos o tres vasos de agua en el transcurso del día, pero el buen Dios sabe por qué me hizo alérgico a la ingesta excesiva de ese líquido, sobre todo en su estado natural y si no está frío, toda vez que me provoca náusea o me sirve de digestivo.
De esa cuenta, por más que pretendía con denuedo seguir las instrucciones de mis lejanos y espontáneos consejeros gratuitos, no lograba superar la meta que me proponía, por lo que pronto desistía de semejante proeza, no sin quedarme con una ligera dosis de reproche en mi ajada, desértica y estéril conciencia, que, afortunadamente, con el correr de las horas se esfumaba, para mi solaz y consuelo.
Ahora me encuentro en paz conmigo mismo, mi familia, amigos, compañeros y hasta desconocidos a los que veo llevar en una mano una botella de agua que se despachan a sorbos, porque he recibido otro correo al que le confiero la virtud de contener sólidos argumentos basados en la verdad científica y que sostiene que eso de beber abundante agua es uno de los ocho mitos o mentiras que deben olvidarse sobre el estilo de vida saludable, siete de los cuales compartiré en lo futuro.
En lo que respecta a que puro huevo de gallina se debe beber no menos de ocho vasos de agua diariamente, la excelsa y genuina científica y entrenadora personal Jari Love (no en balde porta ese idílico apellido) lo niega enfáticamente, al señalar que “No hay respuesta correcta sobre cuánta agua es necesaria, porque depende de cada persona y su estilo de vida) ¡Ahhh …qué alivio! Con propiedad, la creadora de un método de ejercicios físicos, citada por el diario ABC de España, afirma con certeza que depende, precisamente, del ejercicio físico que se realice y de la sed que se tenga se deberá tomar la cantidad de agua que el cuerpo requiera, de suerte que no hay una receta que necesariamente todos los bípedos debemos seguir al pie de la letra. ¡I love, Jari!
(El bohemio y sedentario Romualdo Tishudo le dice a un abstemio de bebidas alcohólicas, pero fanático consumidor de agua pura: –El agua ha matado más gente que el guaro. –¡Cómo vas a creer esa tontera! –¿Y qué me decís del diluvio?)