MANUEL MORQUECHO: LA PIEL DE LOS ANGELES


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Más que las instalaciones y los performances, sin duda la fotografía es el arte de nuestro tiempo. Con todo y que es una tecnología avanzada y compleja, lo que aporta al lenguaje visual es un método para construir imágenes y articularlas en discursos conceptuales intencionales y conscientes que tienen no sólo un alto contenido intelectual sino también una fuerza expresiva verdaderamente conmovedora.

Por Juan B. Juárez

De allí que sea el principal recurso de la publicidad y la propaganda ideológica que, por otro lado, en tanto método la han llevado a un grado de sofisticación técnica muy elevado para producir imágenes que no sólo son convincentes sino también seductoras.  De allí también el necesario deslinde que debe hacer un fotógrafo que, más allá de demostrar su pericia técnica y su conocimiento del lenguaje visual de la publicidad, pretenda crear imágenes puramente artísticas, es decir no utilitarias comercialmente sino simplemente expresivas de la condición humana.
     Tal el caso del mexicano Manuel Morquecho que hace dos años inició en Guatemala su carrera artística y la laboriosa construcción de su discurso intelectual-expresivo en lenguaje visual.  No obstante el poco tiempo transcurrido, su portafolio, sin embargo, es ya muy amplio y diverso, con logros técnicos y expresivos que testimonian un indudable talento, una consecuente y exigente preparación técnica, una insaciable curiosidad por la condición humana que lo ha llevado por diversos países y culturas de Europa, Estados Unidos y —sobre todo— Latinoamérica y una enorme capacidad de trabajo.
     Sus tempranas series de Ángeles y de Desnudos lo metieron de lleno en el proceso de deslindar su lenguaje personal del poderoso lenguaje visual de la publicidad.  La tarea que emprende no es fácil, pues en general las imágenes de nuestra época consumista se articulan no sólo coherentemente sino también con muchas y efectivas sutilezas estéticas y psicológicas.  Para Manuel Morquecho abrirse paso entre ese discurso poderoso e impersonal equivale a encontrarse a sí mismo y desarrollar su propia voz, su estilo, su lenguaje propio y las imágenes que lo definen como persona y como artista.  En efecto, dado un tema, el desnudo por ejemplo, y unas pretensiones artísticas como las de Manuel Morquecho ¿cómo construir imágenes y discursos visuales a partir del cuerpo humano que lo salven —al cuerpo y al discurso— de las finas y poderosas sugestiones de la publicidad? ¿Cómo decir algo relevante valiéndose del desnudo en esta época permisiva que hace de la desnudez y la sensualidad un estímulo para el consumo, para toda clase de consumo?
     Como se ve, la tarea  que se propone el fotógrafo Manuel Morquecho es un rescate del cuerpo que ahora naufraga no en el océano del pecado y la inmoralidad como en la Edad Media, sino en el de la insignificancia ontológica que se esconde tras el hedonismo sensualista que se agota en sí mismo.  Siguiendo esa hipótesis, se puede decir que el fotógrafo encuentra el ser del ser humano instalado en su cuerpo, no sólo en su espíritu o en su mente.  De allí la difícil plenitud que busca poner en imágenes —en imaginar—, tan distinta y tan alejada de los  usos y abusos del cuerpo que se practican en nuestra época, evidencia innegable del olvido del ser que denunciaba Heidegger al inicio del posmodernismo.
     La plenitud del cuerpo como residencia del ser del ser humano es una imagen ideal y un concepto estético-filosófico que se asume para interpretar nuestra corporalidad como presencia, no sólo como objeto y como espectáculo sino como legítimo sujeto de las relaciones humanas más auténticas.  La idealidad de este concepto estético filosófico tan elusivo para nuestra mentalidad es el inalcanzable logro expresivo que persigue Manuel Morquecho con sus imágenes de cuerpos desnudos, a veces simplemente eludiendo los lugares comunes y otras veces aventurando imágenes más originales, reveladoras y comprometidas —más esencialmente poéticas.
     Por ejemplo, sus imágenes de ángeles que surgen en su obra como reflejando el conflicto entre la conciencia de la corporalidad y de las aspiraciones de trascendencia propias de la existencia humana.   Conflicto interior que el blanco y negro expresa con sobrio dramatismo colocando el cuerpo alado de los ángeles sobre la opaca densidad de la tierra el cuerpo, iluminado por las transparencias del cielo. O bien la tersa suavidad de la piel que se extiende en paralelo al tallo de una flor hermosa, frágil y seductora, en un traslape de metáforas sensuales.  Si se observa con más detenimiento, la plenitud del cuerpo de esos seres alados no tiene nada que ver ni con el equilibrado sensualismo de la estatuaria clásica ni con la belleza estática que producen los cánones académicos.  De hecho, el cuerpo de algunos de estos ángeles ya no es joven y sin embargo muestran una digna apostura que sin duda les viene de las alas y de sus aspiraciones de trascendencia.  Los ángeles de Morquecho son signos que señalan al cuerpo, que conducen a él a través de un discurso conceptual y visual que prepara al espectador para soportar su presencia, que lo muestra, lo rescata y lo protege de esas miradas que no saben verlo.