Un resquicio para el libre albedrío


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En casi seis años he tratado reiteradamente la cuestión del libre albedrío desde el punto de vista de la neurociencia; basta introducir en la caja de búsqueda de la barra lateral las palabras “libre albedrío” para que aparezcan una buena cantidad de resultados.

POR CÉSAR TOMÉ

Aun así creo que el artículo más redondo es el que publicamos el pasado 15 de noviembre titulado La conquista del libre albedrío y cuya lectura (incluidos comentarios) aporta el contexto necesario para entender la importancia del resultado que vamos a exponer a continuación.
 
Cuando nos encontramos en la situación de tener que tomar una decisión asumimos que son nuestros pensamientos conscientes, esa voz que escuchamos en nuestro interior, lo que identificamos con el yo, los que intervienen exclusivamente en la evaluación de alternativas, en la deliberación, en llegar a una decisión y actuar.

Pero a mediados de los años ochenta del pasado siglo los experimentos llevados a cabo por Benjamin Libet pusieron en duda esta idea. Libet y su equipo encontraron que en las lecturas de los electroencefalogramas de los voluntarios a los que se les pedía que efectuasen un movimiento voluntario (sin importar cuál) se podían encontrar signos de actividad cerebral, anteriores al movimiento, que indicaban que la mente subconsciente había tomado una decisión acerca de qué movimiento hacer antes de que las personas experimentasen la sensación de haber tomado la decisión ellos mismos.
 
Esto demostraría que las personas no tenemos ni por asomo el grado de libre albedrío en lo que respecta a la toma de decisiones que suponíamos. Desde entonces nadie ha refutado esta idea. Los resultados de Libet han sido repetidos, con diversas técnicas, reiteradamente.
 
Ahora un equipo de investigadores encabezados por Aaron Schurger, del  Institut National de la Santé et de la Recherche Médicale (INSERM, Francia), publican un estudio en los Proceedings of the National Academy of Sciences según el cual la actividad encefálica registrada por Libet tiene otro origen y que, por tanto, las personas sí tomarían las decisiones conscientemente.
 
Para llegar a esta conclusión el equipo se fijó en cómo el encéfalo responde a otros estímulos que fuerzan una toma de decisión, como es el caso de la interpretación de los estímulos visuales.

En estas circunstancias, investigaciones anteriores han demostrado que el encéfalo acumula actividad neuronal como preparación para una respuesta, dándonos algo entre lo que elegir. Es decir, la respuesta (este es el perro de Juan) se produce conforme los datos se convierten en imágenes que nuestro cerebro puede entender (ser vivo cuadrúpedo con cola, pelo corto castaño, etc.) y que entonces podemos interpretar basándonos en lo que hemos aprendido en el pasado (perro => labrador => perro labrador de Juan).
 
Schurger et al. argumentan que elegir mover un brazo, una pierna o un dedo funciona de la misma manera. Nuestro encéfalo recibe un indicio de que estamos considerando hacer un movimiento, por lo que se prepara. Y es sólo cuando se alcanza una masa crítica que tiene lugar la toma de decisión real.
 
Para comprobar esta hipótesis, el equipo construyó un modelo informático de lo que dieron en llamar “acumulador neuronal” estocástico. Usando este modelo comprobaron que la libertad temporal para la toma de decisiones, esto es, saber que se tiene que tomar una decisión pero sin que te digan cuando, era un factor crítico en el experimento.

A continuación repitieron el experimento original de Libet pero añadieron un elemento nuevo, un sonido, un click, de manera que introducían un factor de limitación temporal. Pidieron a cada voluntario que considerase sus opciones de movimiento a efectuar pero que tomase una decisión inmediatamente en cuanto oyese el clic.
 
La hipótesis era que aquellos que ya habían acumulado una respuesta neurológica y estaban cerca del umbral deberían tener una respuesta más rápida. La comprobación de las lecturas de los electroencefalogramas y su comparación con los clics mostraba que era esto exactamente lo que se producía.
 
Los investigadores concluyen que estos resultados prueban que es la mente consciente la que toma la decisión, la subconsciente se encargaría sólo de los trabajos preliminares de preparación.

Queda abierto el debate».

Libre albedrío

El libre albedrío o libre elección es la creencia de aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Muchas autoridades religiosas han apoyado dicha creencia, mientras que ha sido criticada como una forma de ideología individualista por pensadores tales como Baruch Spinoza, Arthur Schopenhauer, Karl Marx o Friedrich Nietzsche. El concepto es comúnmente usado y tiene connotaciones objetivas al indicar la realización de una acción por un agente no-condicionado íntegramente ligado por factores precedentes y subjetivos en el cual la percepción de la acción del agente fue inducida por su propia voluntad.

El principio del libre albedrío tiene implicaciones religiosas, éticas, psicológicas, jurídicas y científicas. Por ejemplo, en la ética puede suponer que los individuos pueden ser responsables de sus propias acciones. En la psicología, implica que la mente controla algunas de las acciones del cuerpo, algunas de las cuales son conscientes.

En cuanto a la ciencia, no hay ninguna evidencia de que el libre albedrío exista. A pesar de esto, en las últimas décadas se ha popularizado mezclar erróneamente el libre albedrío con la física cuántica. Según esta rama de la ciencia, algunos procesos a escala subatómica no están determinados por la clásica causalidad física, y esta clase de procesos ocurre en el cerebro, por lo que puede ser tentador imaginarlo como una manifestación del libre albedrío. Sin embargo, esta es una interpretación incorrecta de la física cuántica, ya que ella no afirma que las personas tengan ningún control voluntario sobre dichos procesos cuánticos, sino que por el contrario, se cree que estos ocurren completamente al azar. Por otra parte, siguiendo el mismo razonamiento debería concluirse del mismo modo que el resto de los animales, las rocas, los árboles y los planetas también tienen libre albedrío, ya que los mencionados fenómenos cuánticos no se dan solamente en los átomos del cerebro humano, sino en todos los átomos del Universo.

La existencia del libre albedrío ha sido un tema central a lo largo de la historia de la filosofía y la ciencia.