No tengo la menor idea de quién sea Jean-Luc Mélenchon, pero sí he leído libros del periodista y científico social franco-español Ignacio Ramonet, quienes conjuntamente redactaron un informe que recibí en mi buzón electrónico, previo a las elecciones presidenciales de Venezuela, y que ahora que se ha confirmado la reelección del presidente Hugo Chávez cobra especial relevancia en vista de los argumentos esgrimidos por ambos analistas para pronosticar la victoria del gobernante venezolano.
Al resumir apretadamente el texto de Mélenchon y Ramonet resalta lo que afirman en lo atinente que hasta 1999 el pueblo venezolano sólo recibía migajas de las riquezas del subsuelo de esa nación, acaparadas por las elites políticas y las empresas transnacionales. Más de la mitad de sus habitantes vivía por debajo del umbral de pobreza (71 % en 1996). Al asumir el poder, Chávez domesticó los mercados, detuvo la ofensa neoliberal e hizo que el Estado se reapropiara de los sectores estratégicos de la economía.
Redistribuyó la riqueza mediante políticas sociales, nacionalizaciones, inversión pública, reforma agraria, salario mínimo, imperativos ecológicos, acceso a la vivienda, derecho a la salud, a la educación y la jubilación. Se dedicó a la construcción de un Estado moderno al poner en marcha el ordenamiento del territorio, carreteras, ferrocarriles, represas, gasoductos, oleoductos. En materia de política exterior apostó por la integración latinoamericana, al mismo tiempo que imponía a Estados Unidos una relación basada en el respeto mutuo.
Promovió cambios estructurales en una sociedad que hasta entonces había sido jerárquica, vertical, elitista, lo que desencadenó el odio de las clases dominantes, que se han encargado, conjuntamente con sus naturales aliados extranjeros, de reiterar que el gobierno de Chávez es “un régimen dictatorial en el que no hay libertad de expresión”. La verdad es que el sector privado hostil al mandatario controla ampliamente los medios de comunicación: de 111 canales de televisión, 61 son privados, 37 comunitarios y 13 públicos; con la particularidad de que la audiencia de estos últimos no pasa del 5.4 %, que es el mismo escenario de los medios radiales, mientras que el 80 % de los medios impresos está en manos de la oposición, siendo los dos diarios más influyentes -El Universal y El Nacional- adversos al gobierno.
Los ámbitos del sistema democrático representativo se han ensanchado -afirman Mélenchon y Ramonet-, al reconocer el derecho al voto a millones de venezolanos antes excluidos. La elecciones en Venezuela sólo ocurrían cada cuatro años, mientras que Chávez organiza más de una por año (14 en 13 años), en condiciones de legalidad y transparencia (como las celebradas el pasado domingo) que reconocen la ONU, la Unión Europa, la OEA, el Centro Carter..
El presidente Chávez ha probado su respeto al veredicto del pueblo, renunciando a una reforma constitucional rechazada por los electores vía referéndum en 2007, de suerte que la Foundation for Democratic Advacement, de Canadá, en un estudio de 2011 ubica a Venezuela en el primer lugar de los países que respeta la justicia electoral. El excandidato presidencial opositor Henrique Carriles admitió esa característica.
Otras cifras más son contundentes: el analfabetismo erradicado, el número de docentes multiplicado por cinco, es el país sudamericano que ha logrado la mayor reducción de la pobreza, al igual que el Ecuador, según la CEPAL. Por supuesto que no todo es perfecto, pero por algo será que la mayoría de los venezolanos lo reeligieron, con la participación histórica del 81% del electorado, superior con creces a los que votan en Estados Unidos y el resto del continente.
(El piloto Romualdo Tishudo, simpatizante del presidente Chávez, cuenta que un derechista venezolano antichavista residente en Guatemala conducía por un camino secundario cuando leyó este aviso: “Curva peligrosa a la izquierda”. De inmediato viró hacia la derecha).