Existen momentos que se complican tanto en la vida, que no permiten visualizar posibilidades reales de salir. Esta situación es hoy la que presenta nuestro país. La masacre de la Cumbre de Alaska sólo demarcó un punto de inflexión y dejó al descubierto una serie de problemáticas que no dejan más que preocupación en el análisis.
La democracia presenta nuevamente sus fragilidades, otra vez se asoman los fantasmas del pasado, atizados en un presente con posiciones poco proclives al diálogo, nada abiertas al cambio, sino sembrando la confrontación, buscando la descalificación, empujando equivocadamente a la ingobernabilidad.
No se ven señales reales y positivas a enderezar la nave del gobierno hacia resolver o por lo menos atender, cuestiones clave, debilidades seculares, falencias estructurales. Lamentablemente, se persiste en la pelea, la confrontación, la controversia, nada más se trata de exculparse, se busca inculpar a otros, se buscan excusas absurdas y al final se plantea una posición necia, inflexible, de posición de fuerza que más demuestra debilidad.
Veintiséis años de ejercicios democráticos, de gobiernos civiles, de acuerdos, de proyectos, no han bastado para cambiar la matriz de poder. El discurso oligárquico ahoga al nuevo liderazgo empresarial equivocadamente, sin profundizar, sin visualizar nuevos caminos, sin plantear mínimas concesiones. A pesar de ENADE y su propuesta de fondo, que es seria y propone cambios para el futuro, reconociendo una falencia seria como es el empleo. Sin embargo, los discursos mostraron una cara distinta, irreal, rígida y sin visión de cambio, más de lo mismo.
Se agudizan las presiones propias del ejercicio democrático y se montan diálogos que se convierten en laberintos ciegos, pues no hay respuesta, no hay voluntad política seria, se busca alargar y cansar, no se pretende llegar a acuerdos, ni mucho menos cumplirlos.
El ejercicio democrático busca consolidar la independencia de poderes, para contar con los pesos y contrabalances, pero hoy se retoman los acuerdos oscuros, las negociaciones bajo la mesa, se profundiza la corrupción para “salpicar” a todos y así evitar problemas. Hoy la Presidencia del Congreso se desliza hacia un empresario, como para mostrar voluntad, alineamiento.
Hoy se aprueba el Presupuesto del 2013, por voluntad de estos acuerdos enrarecidos, llenos de podredumbre, de visiones limitadas, sustentadas en la racionalidad del negocio permanente, el dinero fácil y la fortuna mal habida, amparados en la impunidad, la opacidad y la cooptación de todas las instituciones. Un presupuesto que no propone nada nuevo, burocrático, ni mínimas señales de cambiar, de transformar, de redistribuir.
Hoy las leyes de transparencia se quedaron soterradas para el olvido, ni ley de enriquecimiento ilícito, ni ley de secreto bancario, la opacidad sienta sus reales y saluda, sin sonrojarse, se ríe sin miramientos; se solaza en su capacidad de ocultamiento, de secretismo, de impunidad. Todos decimos que hay que aprobarlas como están, pero varios saben que no pasarán nunca, que no conviene a los mismos de siempre.
La inseguridad campea libremente y ni las fuerzas civiles ni militares, en todo el tiempo de estar trabajando en forma combinada han mostrado señales mínimas de contención, sólo pruebas piloto se lucen, pero no brillan. La PNC cooptada, corrupta e ineficiente, sin luces de cambio y un Ejército igual de corrupto, fuera de contexto para la democracia y para la manifestación social.
La gobernabilidad se desliza hacia una situación extrema y no se quieren comprender los riesgos, la sociedad se cansa y exige cambios profundos, actitudes verdaderas, legitimación por consecuencia, por coherencia, por seriedad. Los otros poderes observan y se resisten a las presiones, unos pueden otros no. Así no llegamos a ningún lado, el futuro está para llorar.