Con la elección ayer de Pedro Muadi como Presidente del Congreso de la República, queda demostrado que cuando el Ejecutivo desea encuentra romance con los suficientes diputados del Legislativo y que sí tiene la capacidad de maniobrar y cabildear para lograr los votos que necesita para las cosas que realmente les interesa.
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He dicho hasta el cansancio que el Ejecutivo logró la reforma fiscal, la creación del Ministerio de Desarrollo Social, la elección de su Procurador, la aprobación de los préstamos y ahora la elección de un presidente del Legislativo impuesto por el CACIF, a lo que se sumará en breve el presupuesto con el listado geográfico de obras como la madre de todas las prebendas.
Con lo anterior queda claro que cuando dicen que apoyan la ley contra la corrupción lo dicen porque es lo políticamente correcto, pero que ellos en su interior y con sus actitudes demuestran que no se decidirán por aprobar una ley con la que estén labrando su propia estaca. Ya lo dijo claro el diputado Juan José Arévalo.
Hace unas semanas en una reunión, yo mencionaba ese hecho que el Ejecutivo había conseguido los votos legislativos para lo que era de su interés, y una persona me dijo, se les acabó el amor, a lo que yo le repliqué que, por el contrario, debido a que en ese tema están totalmente enamorados es que no aprobarán la Ley Contra el Enriquecimiento Ilícito, porque ni uno ni otro quiere ponerse la soga al cuello con una norma que afecta grandemente sus intereses, para lo que han encontrado importantes aliados que se han sumado al rechazo del tráfico de influencias argumentando que “está muy amplio”.
Aprovechando estas líneas pero sin salirme del punto principal de la opinión del día de hoy, si lo que se quiere es defender la labor de lobby o cabildeo, que hagan una propuesta concreta que contemple las reglas por medio de la cuales se puede ejercer ese oficio y que se proponga que quienes lo hagan se registren para identificar de forma clara a favor de quién se hacen las gestiones.
Punto y aparte a esa anotación y regresando al amor que existe entre ambos poderes cuando quieren, la pregunta ahora es ¿Qué han tenido que negociar el Presidente, la Vicepresidenta y los diputados para lograr sus metas o el cumplimiento de imposiciones? ¿Será el listado geográfico de obras suficiente? ¿Serán algunas plazas en puestos claves? ¿Serán millonarios contratos estatales? ¿Será que seguimos con la misma y vieja mañana de los depurables que cobraban bien y caro por cada voto?
Esas son preguntas que por el momento no tienen respuesta pero que sí nos deben poner a pensar no solo en la forma en que se mueve nuestro mundo político en la zona 1, sino además, en el papel permisivo que hemos jugado los ciudadanos para que las autoridades tengan la desfachatez de atender sus intereses, cumplir sus compromisos y procurar su bienestar, dejando por un lado a toda una población guatemalteca que bien necesitaría de una clase política que procure el desarrollo del país.
Además de probarse que este Ejecutivo es más empresarial que el de Óscar Berger, quedan lecciones importantes que si la ciudadanía sabe leer y asimilar, pero sobre todo si quiere que este país cambie, puede ejercer presión inteligente para forzar que las cosas caminen en la dirección correcta.
Pero a mi juicio, la lección más importante de este tema en particular, está en que los guatemaltecos terminemos de dimensionar lo rentable que es para un pequeño grupo de ciudadanos financiar las campañas políticas porque se aseguran la perpetuidad en privilegios e influencias en detrimento de un país con una población olvidada, muerta de hambre y negada de oportunidades.
Una vez más, ¿qué país queremos y qué estamos dispuestos a hacer? Esa pregunta solo la puede responder la población.