Tras la alegre fantasía de que nuestra Selección Nacional de Futbol estaba a un empate de su clasificación para la siguiente ronda de la eliminación para la Copa del Mundo que se jugará en Brasil, los jugadores y los aficionados volvimos a experimentar el ya conocido sentimiento de frustración porque, por enésima vez, hemos fracasado en concretar el sueño de que Guatemala se sume a El Salvador, Honduras y Costa Rica como países que han clasificado para un Mundial.
Nuevamente rodarán cabezas, la primera la del técnico, y se hablará de renovar el proceso. La verdad es que siempre estamos esperando un milagro, porque de lo contrario las autoridades deportivas hace años que hubieran emprendido un trabajo serio de formación de jugadores como se hace en otros lugares del mundo, donde se atiende desde la niñez el entusiasmo e interés que mundialmente genera el futbol.
Pero nuestra dirigencia deportiva se caracteriza, en términos generales, por ser aprovechados y sacarle raja a los puestos “ad honórem” que desempeñan, pero que se traducen en canonjías y se vuelven medio de vida. No les importa en absoluto el trabajo en Ligas Menores y en el caso del futbol se entretienen con nuestra muy mediocre Liga Mayor que tiene ese nombre sin que realmente el nivel de competencia se refleje en la categoría que supuestamente representan.
Muchos aficionados critican al técnico, a los jugadores y a los dirigentes, pero la verdad es que ni el técnico ni los jugadores son responsables de estos sucesivos y constantes fracasos. El primero arma el equipo con lo que tiene a mano, que no es mucho, y con eso tiene que hacer planteamientos técnicos y tácticos que teóricamente son funcionales si hubiera materia prima para traducirlos en jugadas y acción. Los jugadores son producto de ese sistema notablemente imperfecto que tenemos para su formación en donde destaca el que tiene algunas habilidades naturales que nunca son trabajadas, explotadas, mejoradas y hasta perfeccionadas porque simple y sencillamente no hay ni lugar ni forma de hacerlo.
Y tampoco se trabaja con el carácter. Ayer el campo de juego fue como cuando un chapín pasa la migración de Estados Unidos y hasta el más arrogante de nuestros dirigentes se convierte en manso corderito ante el mal encarado agente que le interroga. Esa misma actitud tuvieron nuestros jugadores, amilanados como no se veían desde hace tiempo por los jugadores gringos a quienes bastó poner pie en la cancha para intimidar al adversario.
No hubo milagro y seguramente nunca lo habrá. Un Mundial se alcanza como resultado de un proceso de trabajo bien planificado y ejecutado, con dirigentes comprometidos y no corrompidos. Menuda diferencia, por cierto.
Minutero:
Con mente de bachilleres
cambiaron el magisterio;
no pueden los mercaderes
entender un Ministerio