La de Guatemala ha sido una historia que repite patrones de opresión y violencia lo cual es casi una verdad de Perogrullo. Aunque el debate de hoy tanto en lo político como en lo jurídico dirime si hubo o no genocidio, incluso si hubo o no guerra, la evidencia apunta a soldados que sobrepasaron sus actos, y una mayoría de civiles que sufrió dichos excesos. De esta forma podríamos simplificar dicha historia a dos actores, civiles y soldados.
Esta atrevida reducción no es menor si observamos que en el transcurso del tiempo se revela que de manera explícita o en baja intensidad, la que ha imperado es una lógica de la guerra, del conflicto, de la muerte, de represión. El conflicto se ha convertido en una de las hebras fundamentales con las que se ha anudado y cocido el tejido social. Si esta sociedad se ha edificado sobre una noción permanente de la violencia, eso significa que el ADN de su Estado lleva ya cromosomas de muerte en su esencia. La paz del noventa y seis o la transición del ochenta y cinco solo han sido formas pero no fondos. Guatemala se asume por lo tanto en clave muerte y eso lo demuestran no solo los cuerpos o las estadísticas sino los mecanismos sociales y políticos a través de los cuales matamos o morimos, herimos o sufrimos. Se demuestra por la vigencia de la lógica de la guerra disfrazada de civil y además por la relación escabrosa del Estado y la sociedad, que parece retomar las viejas estrategias de control de la población, del territorio y de los recursos naturales. Dos ejemplos nos recrean las dos dimensiones antes descritas, el primero rescatado de la red virtual por un amigo: “tenemos que resguardar la eterna primavera para seguir asegurando las flores para nuestros muertos”, frase lapidaria y pieza de estudio que sugiere la introyección de la violencia desde la condición de civiles frente a soldados en guerra. El segundo de obligada alusión es la masacre de la Cumbre de Alaska el 4 de octubre. Civiles en reclamo de derechos muriendo en medio de una escena de guerra; fusiles de asalto en primera página que apuntaban y disparaban a civiles; medios tratando de encubrir un desastre lamentable; un gobierno que no podía justificar por ningún lado los hechos; un manejo torpe de la situación y una avalancha de manifestaciones nacionales e internacionales que no se hacían esperar. La reflexión de la amiga Rosa Toc en este caso es contundente: sin institucionalidad democrática desarrollada y plena, una entidad como el ejército no puede contribuir como cuerpo que apoye o intervenga en la seguridad pública. Un balance de las reacciones a este lamentable hecho sucedido en Totonicapán da cuenta de mi tesis, aún somos civiles contra soldados. En términos absolutos, una población que reclamaba por el alza a la energía, por una reforma constitucional que no los toma en cuenta y por una carrera magisterial cuestionada, concluye con al menos 6 asesinados. El Gobierno y todo su mecanismo de diálogo quedaron en entredicho, no pueden ocultar una verdad que hiere. Un Procurador de los DD. HH. que enfrenta su primer reto sin contundencia, de la mano del Gobierno en conferencia de prensa oficial quedó diluida su independencia. A diferencia de su padre que en año 90´ en la masacre de Santiago Atitlán, mostró mayor autonomía y determinación en las primeras declaraciones. La clase media aspiracional urbana en claro enanismo egoísta, graznando y justificando el hecho por el resguardo de su derecho de paso en las carreteras. Un influyente columnista de derecha que se traga sus palabras justificando la seguridad de este Gobierno y la constatación, que la especialidad de este ejército es matar personas desarmadas.