La negación al diálogo confirma los contrastes socioeconómicos que nos arrastran a reiterados conflictos. Ayer fue Totonicapán. Mañana… no sabemos. Pero qué aprendemos como colectivo, como gobernados y qué aprenden los gobernantes. Seguimos en la testarudez o tendremos la madurez de admitir las fallas. El futuro inmediato se está jugando con fuego. Se está fumando en el cuarto lleno de pólvora. Si se produce el estallido sencillamente no habrá ganadores. ¿O sí?
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Los riesgos del desborde se yerguen como amenaza latente que a muchos, muchos afectará. El gobernante se está aproximando con demasiada reiteración a perder su mayor capital: su credibilidad. Efectúa afirmaciones que luego tendrá que omitir para no admitir que lo engañaron. Hasta que se olvide. Los ejemplos abundan. Anomía es el término sociológico que se aplica a aquellas condiciones que a pesar de su fuerte impacto en las sociedades, éstas no son capaces de reaccionar. Es, en comparación a aquella condición del ser humano que dados sus grados de ausencia de nutrientes, carencia de vitaminas, en su anemia, ve venir un gran tropiezo y sencillamente no lo esquiva, se hunde con él. A ese abismo nos estamos acercando y pareciera que daremos el paso al frente hasta caer.
Pareciera que estamos tocando fondo y las aberraciones estructurales que han hecho prevalecer en las últimas décadas sus promotores no desean dar ni un paso atrás. Se ha denominado diálogo a la aceptación conversada de decisiones adoptadas unilateralmente. Eso ni es democrático y tampoco se enmarca dentro de un proceso de negociación. Esos aspectos han de revisarse, pues hacer lo contrario solo alienta a los detractores del gobierno y al final, para desgracia de todos, les da la razón pues pareciera que desde la esfera gubernamental lo prevalece es la ausencia de errores.
El tiempo se hace corto. Las contradicciones se agudizan más allá de la razonabilidad de una negociación. La oposición a los proyectos “de desarrollo” tiene su raíz en las persistentes mentiras que se entretejen sobre los supuestos beneficios “colectivos” de la extracción de minerales, de la generación de energía eléctrica “limpia”. En todos estos proyectos que en efecto poseen bondades para el crecimiento económico, lamentablemente la historia nos demuestra que tal no se ha podido transformar en desarrollo articulado y sostenido para todos. Y ante ese tipo de antecedentes se tiene que luchar con persuasión, no con imposición. Por lo regular, al jugar con fuego, el jugador termina quemado. Estas quemaduras podrían llegar a ser fatales para la sociedad si se mantiene ese modo de gestión gubernamental. Estimo que aún están a tiempo para enmendar procedimientos y corregir desaciertos. Si en efecto hay un interés por legar un mejor futuro quizás se animen. Caso contrario…
Apartándome de esta temática no deseo dejar pasar inadvertida la ocasión del anuncio del Ministerio de Cultura y Deportes, en cuanto a la nominación del Premio Nacional de Literatura, recaído en un entrañable compañero de las jornadas iniciales de nuestra concepción del universo y de la sociedad que nos rodea. Anunciaron que este año le habrán de otorgar dicho mérito a Carlos Humberto López Barrios. Compañero del proceso de formación magisterial que se produjo en el Instituto Rafael Aqueche. Se le ha reconocido por su esfuerzo sostenido, por su tesón, por su afán por divulgar las letras y compartir sus reflexiones. Enhorabuena por él. Qué bueno haberte conocido en nuestros años de juventud rebelde en la que solíamos manifestar nuestras inquietudes con calurosas argumentaciones. Felicitaciones amigo. En medio de este mar de inequidades, es gratificante contemplar el merecido reconocimiento a tu frontal y vertical manera de ser. Me siento honrado de conocerte y de gozar de aprecio. Muchas felicidades.