Basura


julio-donis

Cada pocos días nuestros desechos son llevados, son recogidos de nuestras casas o lugares de trabajo, yéndose de una vez por todas, la evidencia de nuestros hábitos. Con silencioso acomodo sentimos liviandad cada vez que se llevan en los costales los empaques de nuestro consumo, un sinfín de bolsas que cargaron nuestras preferencias, un millar de cajas y recipientes vacíos que contuvieron nuestros deseos más mundanos del compro luego existo.

Julio Donis


El camión amarillo va por todas las calles de la ciudad recolectando el desecho de todos, de ricos y pobres, de comerciantes y oficinas, de mercados y supermercados; toda la basura se revuelve y dentro del camión no hay distinción de lo que somos, pues toda la porquería se bate y se derrama. Un par de zapatos seminuevos que se tiraron porque no le gustaban a su dueña, yacen a la par de varias hojas de tuza que envolvieron la única comida de una familia de seis miembros. Son los hombres del camión los que vuelven a recrear la diferenciación a través de la separación, poniendo en marcha un sistema de clasificación entre lo bueno y lo malo, entre el papel y el cartón, separando el vidrio y las latas, entre artilugios que consideran útiles y otros que sorprenden. Sus ocupantes van saltando cual trapecistas con el costal en mano, recolectando lo que ya no queremos, son ellos los primeros que atestiguan nuestro gusto, el desperdicio o la precariedad, lo que comemos o de lo que nos enfermamos y lo que aborrecemos, aun lo que violentamos. Dime que desechas y te diré como vives. Toda esa basura se acumulará en el vertedero municipal que recibe 2,500 toneladas diarias. Es allí donde se funde todo en un escenario aterrador que ha adquirido vida, que se traga todo y acomoda las paredes de su cuenca como garganta insaciable para recibir más y más. Los deslaves frecuentes en el lugar son el acomodo de esa faringe que deglute humanos y desecho; esos cuerpos jamás serán nota de prensa. La basura está a nuestro lado desde el momento de nacer y también hay niños que nacen en ella y los hay quienes son hallados muertos entre la basura. Desde la exacerbación de la cultura de masas y del consumo y producción a escala planetaria, la basura no solo se acumula en los basureros municipales o clandestinos, yace a nuestro alrededor más allá de lo evidente. Hemos convertido las nociones de la vida y de la realidad en desecho, acudimos a la basura de la modernidad como subproducto del desarrollo material; el desecho o el desperdicio se convirtió en la forma de vernos y de relacionarnos. Las múltiples identidades efímeras han roto la tradicional ecuación Estado-ciudadano y ha cundido lo superfluo y multiforme por antonomasia. La decadencia posmoderna nos conduce a la licuefacción de la condición humana, por eso lo común ahora son las referencias de la prensa que aluden a restos humanos, desperdicios, residuos de personas que son fruto de actos violentos. Antes los cuerpos estaban enteros, muertos pero de una pieza. Es consecuencia también en este orden de ideas, que la forma de relacionarnos alrededor del consumo, también asuma la basura como noción de conciencia. La comida se ha vuelto basura, el entrenamiento es superficial y desechable, las máquinas y los muebles tienen una vida corta, ya no se repara nada; es casi natural aceptar la brevedad de las cosas para dar paso a lo siguiente. Hay un gusto por una especie de cultura basura cuyo ingrediente principal es el breve instante en que provee placer. Pero es peor, hemos convertido las relaciones humanas en meras transacciones líquidas que se escurren en la circunstancia que nos satisfacen.