Juan Manuel Santos, presidente de Colombia salió anunciando ayer en una breve conferencia de prensa que con la valiosa colaboración del gobierno venezolano de Hugo Chávez se había consumado la captura de “Daniel El Loco Barrera”. Acompañado del Ministro de la Defensa de Colombia, el presidente Santos afirmo “ha caído el último de los grandes capos”.
No cabe duda, sacar de circulación a un delincuente del calibre de Barrera es un golpe importante para la justicia colombiana y, por supuesto, para la justicia americana que desde hace meses lanzó una pesada cacería capo. Ahora bien, de dar un buen golpe a atrapar al “último gran capo” hay muy buen trecho de diferencia. Todos sabemos que desde hace décadas cuando los mafiosos italianos dominaban el crimen organizado de las grandes ciudades de Estados Unidos, lo que sucedía cuando las autoridades atrapaban a un capo era que otro tomaba su lugar inmediatamente. El “último capo” y que Colombia ha ganado, o va muy bien encaminada a ganar la guerra contra el narco son falacias que no aguantan un examen de sexto grado de primaria. Por supuesto, estas noticias venden bastante bien la imagen del presidente Santos pero bajo mi punto de vista no son más que una treta mercadológica.
Pareciera que el presidente Santos quiere conseguir la fama de su antecesor Uribe a como dé lugar. No es de extrañar que la popularidad del Presidente colombiano se haya disparado después del anuncio de las negociaciones de paz con las FARC. No extraña porqué un pueblo que ha sufrido por más de cuarenta años se aferra a cualquier esperanza de paz, por vaga que sea. En mi opinión, el proceso de paz no será eficaz porque las bases sobre las cuales se acordaron los elementos mínimos de entendimiento entre las partes son extremadamente vulnerables. En pocas palabras el acuerdo mínimo es que se iniciarán negociaciones de paz sin un alto al fuego de las partes. Por esta razón cuesta creer que las negociaciones llegarán a buen puerto. Lo que sí es evidente es que el proceso de paz iniciado por el presidente Santos termina de dividir a los partidarios de Santos y Uribe que hace algunos años formaban un sólido bloque. Peligroso principalmente porque si los comunistas colombianos de las FARC tienen algo de ingeniosos todavía, una derecha partida podría significar la mejor estrategia de la izquierda para tomar el poder. El caso es que entrar a un proceso de paz más desconfiado del resultado es imposible.
Los más fieles seguidores del expresidente Uribe no están de acuerdo con las negociaciones de paz que el presidente Santos está emprendiendo porque generalmente son personas que recuerdan muy bien las terribles acciones de la guerrilla en las décadas pasadas y, además, piensan que, tal y como sucedió en Guatemala, las FARC estarían buscando una salida política a actos atroces que cometieron durante décadas. No quieren ni pensar que, también como sucedió en Guatemala, los miembros de la guerrilla tengan la oportunidad de llegar al poder por la vía democrática figurando como candidatos o cercanos colaboradores de futuros candidatos. Puedo percibir por conversaciones que he tenido con simpatizantes de Uribe, que se sienten totalmente decepcionados y traicionados con el actuar de Santos. De hecho a muchos les es difícil no recordar al débil presidente Pastrana que antes de Uribe pretendió emprender negociaciones de paz que en el camino no hicieron sino fortalecer a las FARC a niveles de sus mejores épocas.
En todo caso, es claro que el presidente Santos está buscando protagonismo y por el bien del pueblo colombiano solo podemos esperar que la ambición no lo siegue a tal punto que regale los recuerdos dolorosos de un pueblo que ha pagado con décadas de desprestigio y sufrimientos a manos de terroristas desalmados.