Guatemala se ha caracterizado por estar, la mayoría de las veces, a merced de lo que ocurre a nivel internacional, con algunas aplicaciones específicas a nuestro caso concreto. Desde la firma de la Independencia de España, siguió los pasos de los países que buscaron primero la emancipación política. Años después, se introdujo el ferrocarril, como se había hecho en otros lares, para incorporarse mejor al mercado mundial con monocultivos.
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Más recientemente, luego de la Revolución de 1944, se intentó llevar a cabo una reforma agraria parecida a la de México. Más tarde, durante la guerra fría, se incorporó al grupo de países que desarrollaban una lucha armada interna con intención de transformar estructuras económicas y políticas. Se incluyó también en el modelo de sustitución de importaciones durante la llamada década perdida, en los años ochenta y regresó a los procesos democráticos también en ese período.
Un poco más tarde, en los noventa, también se integró a los modelos de transformación estructural que tenían como objetivo reducir el aparato estatal, que tuvo lugar con la venta de empresas del Estado que supuestamente eran ineficientes y debían ser trasladadas al sector privado, para que, a través de sus propios incentivos de rentabilidad, las hiciera “funcionar” y con ello llevar a los consumidores mejores servicios que antes era públicos.
Durante el gobierno anterior, Guatemala se introdujo en el grupo de países que, para brindar beneficios sociales a personas en pobreza extrema, idearon programas de Transferencias Monetarias Condicionadas, que ahora tienen su propia institucionalidad.
Guatemala también intentó, durante el periodo gubernamental anterior, adicionarse a los países que trajeron de vuelta los golpes de Estado a Latinoamérica, como sucedió en Honduras y la intentona en Ecuador.
En la actualidad, aunque ya se había mencionado de parte de otras personalidades a nivel internacional, como expresidentes y algunos de los llamados intelectuales, Guatemala se sumó al debate sobre la política de drogas vigente, la prohibicionista.
En ese sentido, es de hacer resaltar, que en esta ocasión nuestro país no simplemente se está sumando a un debate ya por muchos deseado y puesto en la palestra de la política internacional, sino que fue el origen de una idea controversial que incluso inició de forma certera en la agenda de la VI Cumbre de las Américas, en abril pasado, que había sido acordada con suficiente tiempo de antelación.
La próxima semana el presidente Pérez Molina expondrá su propuesta a nivel de la Asamblea General de Naciones Unidas, que no es más que buscar un espacio para encontrar una nueva forma de combatir el narcotráfico, tan solo una de las expresiones del crimen organizado transnacional. Si bien no debemos excedernos en nuestras expectativas sobre la forma en que la propuesta sea recibida por las diferentes delegaciones acreditadas en ese organismo internacional, sí debemos tener claro que es una propuesta que Guatemala –aunque sin acuerdos internos a nivel de país- puso sobre la mesa de discusión.
Sin embargo, en este caso, se esperaría una propuesta mejor elaborada de parte del presidente Pérez Molina y no simplemente dejar en el aire un tema de discusión tan importante para países de tránsito de la región, entre los que se encuentra el nuestro. De esa cuenta, ahora que Guatemala ha propuesto que se discuta sobre un tópico de tal trascendencia, se espera que sea asumido, de parte del proponente, con responsabilidad, tomando las críticas que se hacen desde diversos sectores nacionales e internacionales para mejorar la invitación misma a discutir sobre las drogas.
Para esto, primero del mandatario debe creer en su propuesta y luchar –como siempre dice- porque se posicione en el mejor lugar del debate y así contribuir a que nuestro país, en el largo plazo, se libere de los tentáculos del narcotráfico como actualmente se encuentra.