Amor de corredor


Eduardo-Blandon-Nueva

El cuadro es hermoso: se abrazan, se besan y se prometen con una mirada amor eterno. Ella habla poco, no se le ocurren ideas brillantes, no piensa, en su cerebro las neuronas están quietas y solo sus sentimientos se alteran, su corazón marca ritmos acelerados. Él calcula, sabe perfectamente a donde va y urge, a veces con timidez, esa licencia que le permita acceder más a su cuerpo (el de ella, por supuesto).

Eduardo Blandón


Se conocieron en una fiesta y ahora coinciden en la universidad. Son jovenzuelos que aprenden a conocer los recovecos de sus poros, que intuyen los instintos y se solazan en la pasión. Nunca ha sido más auténtico el amor. Ella no sabe mentir y él cree que ella es la mujer de sus sueños. Se aman como quizá solo Dios inauguró ese sentimiento.  Personifican la pureza.

De a poco descubren, sin embargo, los defectos de cada cual. Ella, la lentitud con que vive su vida. Sus prisas menguadas, sus pequeñas vanidades y el amor a la vida buena más allá de las posibilidades de su príncipe. Él, su tosquedad para amar, sus urgencias eróticas, su parquedad en el decir y su deslucido talento para la seducción. Ella, una reina que exige siempre atención y servicios; él, un macho perennemente urgido de sexo, un salvaje bajado de la montaña disfrazado de hombre civilizado.

Pero están juntos. Creen que pueden empatar y sueñan. Afortunadamente existe la ilusión. Ficcionan. Construyen una novela barata, un cuento rosa, un idilio de película. Todo el mundo lo sabe. Los amigos piensan que los dos son irreconciliables y los padres (los de ella, nada más), conocen el fin de la historia que según ellos es trillada. El universo entero es testigo de la relación fallida, excepto sus corazones enamorados.

Los ilusos creen que pueden confabular contra sus destinos: el amor todo lo puede, se dicen. Y se abrazan, se besan y ahora sí se juran con palabras que nada ni nadie podrá apagar esa llama que bautizan como divina. Son dioses, pero mortales. Criaturas celestes que tocan el cielo y flotan sin apenas separarse de la tierra. Su poder está en la mente, su corazón los vuelve invencibles. O al menos eso piensan al juntar sus manos.

Los veo en el corredor y siento envidia.  Veo a mi colega y le pregunto si no le pasa igual y con una sonrisa asiente. Intercambiamos miradas y nos contamos historias fallidas y sueños fracasados, en segundos nos sabemos muertos. Caminamos y apartamos la vista. Sentimos vergüenza de tanta dicha ajena.