La poesía es un faisán que desaparece en la maleza; así versificaba una vez Steven Wallace en una genialidad para describir la esencia de esa manifestación estética de la literatura. El ingenio de los versos del poeta está pues en lo que no dice de manera evidente pero lo sugiere; ese erotismo literario se convierte en un silencio supremo tanto por las palabras que preceden al poema como por las que lo suceden, y todo eso el poeta lo hace con el corazón abierto, con los sentimientos a flor de piel. El que novela por el contrario, levanta edificaciones y teje mil elementos en varias dimensiones para desarrollar una realidad dinámica.
Él no tiene el corazón en la mano, lo tiene escondido bajo siete llaves y su tarea es la construcción de calles y senderos para que cada uno llegue a su propio corazón. Sontag resumió que la esencia de la sabiduría que proporciona la literatura, es ayudarnos a entender que ocurra lo que ocurra, algo más siempre está sucediendo. La cultura letrada distingue a un pueblo y es a través de sus creaciones literarias que la voz surge y clama, sugiere, posiciona y crea identidad. La de Guatemala es una expresión diversa y rica, y es casi impertinente enumerar el listado de autores de las letras guatemaltecas, como también lo sería describir el reconocimiento de sus obras, basta decir un hecho profundamente significativo y provisto de contradicción; este país ha tenido al mismo tiempo que un reconocimiento Nobel de literatura, uno de los mayores índices de analfabetismo. Las guerras siempre han tenido como objeto estratégico, eliminar a los sujetos del pensamiento y de las palabras, porque son las voces, las plumas y las palabras las que hacen posible la verdad, el reclamo y la denuncia. En Guatemala no hubo excepción, y durante la guerra interna se eliminó el agua pero también a los peces de las letras y de las palabras. Los nombres de mujeres y hombres de las letras también integran la larga lista de muerte y desaparición forzada durante la guerra. Se mataba por escribir versos, por imaginar una sociedad diferente, se forzaba un secuestro por pensar, por aclarar ideas, se agredía por tener libros. De esa suerte, hay un legado de riqueza literaria que fue acallado para nunca jamás y su obra fue quemada o desaparecida; sin embargo el tiempo hace justicia en el presente, y evidencia que solo quien dimensiona el valor de la palabra y del registro escrito, avizora el alcance de su impacto; los archivos de la extinta policía nacional permiten hoy conocer la verdad. Las sociedades sumidas en la decadencia de la guerra generalmente son amordazadas por el poder autoritario de la bota, lo cual embarga su desarrollo. Los pueblos con palabra y cultura letrada son los que tienen posibilidad de dirimir sus conflictos de manera civilizada y son los que logran remontar sus propias contradicciones. Parece atemporal aclarar el valor de las letras sobre la condena que produce la locura de la guerra en un país como éste, sin embargo hay evidencia de que los dinosaurios aún están allí, y no han comprendido que la palabra jamás podrá ser acallada por las balas, no han comprendido que los poetas son los portavoces de los pueblos y los soldados son las armas humanas de la guerra. Jamás un pueblo tuvo voz por las milicias, jamás la decadencia de la guerra posibilitó la paz a pesar de que la primera sea a veces un subproducto de la segunda, como apunta incisivamente Bierce.