En los próximos días, el 7 de octubre y 6 de noviembre, se llevará a cabo las elecciones presidenciales en Venezuela y Estados Unidos respectivamente. Considero que esas fechas serán fundamentales para el futuro próximo de occidente porque el cambio de rumbo es inminentemente necesario para poder pensar en mejorar aspectos de estos importantes países.
Claro que no pretendo comparar la importancia que tiene para el mundo occidental, la economía estadounidense con la venezolana, porque fuera del orgullo latino que me pueda invadir o la admiración que pueda tener por un pueblo históricamente próspero como el norteamericano, simplemente se trata de dos cosas distintas.
Pero vaya si no, Venezuela tiene su importancia política dentro de la región sudamericana, que dicho sea de paso los gringos generalmente creen que todo lo que está debajo de sus fronteras es América del Sur, y esto hace muy interesante ver lo que pueda suceder el próximo 7 de octubre. Henrique Capriles, el acérrimo opositor de Chávez, está haciendo su trabajo político electoral bastante bien, las posibilidades que tiene Capriles de derrotar a Chávez en las elecciones son bastante buenas y su triunfo sería un duro golpe a todo el andamiaje socialista populista de Latinoamérica. Hoy el nerviosismo del pueblo venezolano está tanto en las probabilidades de la oposición como en la reacción de los chavistas ante una posible derrota. ¿Podrá el gobierno de Chávez resistir la tentación de amañar los resultados de las urnas electorales? Y si lo resiste, ¿cómo reaccionará la enraizada burocracia Chavista? Chávez lleva años engordando la burocracia estatal con miles y miles de trabajos en el gobierno para sus seguidores y, como se ha visto en muchos otros lados, estos parásitos sociales no estarán dispuestos a perder sus privilegios fácilmente. La oposición venezolana tendrá que trabajar fuerte en lograr los elementos necesarios para garantizar que las elecciones serán llevadas a cabo de la forma adecuada.
Por otro lado, los estadunidenses tienen a principios de noviembre su momento crítico. La elección entre el oficialista demócrata Barack Obama y el empresario republicano Mitt Romney tiene a los medios locales ocupados con noticias que siguen paso a paso sus discursos, comentarios y reacciones ante cualquier acontecimiento mundial o doméstico que pueda generar diferencias entre los contendientes. Desde mi perspectiva, el pueblo americano carga con una gran decepción que proviene de las promesas no cumplidas de Obama. Control del gasto, reforma migratoria integral, seguridad social y una larga lista de etcéteras que simplemente se quedaron en ideas perfectamente adornadas y románticamente presentadas por el carismático candidato negro. Algunos están dispuestos a perdonarle y darle el beneficio de la duda, pero para muchos otros cuatro años fueron suficientes para demostrar el afanado cambio, que no llegó nunca, y peor aún, nunca llegará a seguir dirigiendo los destinos del que una vez fuera un país altamente competitivo a un dinosaurio de sangre espesa que poco puede hacer por moverse. Claro, de Bush pueden decirse muchas cosas, pero los números no mienten y los actos están allí, al alcance de cualquiera para ver que los cambios no llegaron nunca. Al contrario, Obama lleva un récord muy parecido al que los últimos presidentes republicanos han tenido, medidas keynesianas aplicadas con mucha fuerza han disparado la preocupante cifra de deuda federal por los cielos en los últimos años. No que crea que los republicanos son la mamá de Tarzán, pero francamente me inclino a pensar que el mercado electoral de Obama ya no muy le cree los cuentos. Los americanos llevan ya cinco años hundidos en una profunda crisis y las estadísticas de prosperidad no mejoran ni a patadas. Se puede oler que el pueblo simplemente quiere un cambio porque los unicornios y los arcoíris no llegaron finalmente.
Siga con detenimiento ambos procesos desde ya porque evidentemente tendremos mucho que aprender.