Confieso que sucumbí ante el espejismo


Oscar-Clemente-Marroquin

Hace más o menos un año yo decía que el problema de Guatemala iba más allá de quién nos gobierne porque el mismo es estructural y que, ganara quien ganara la elección de noviembre, nada cambiaría en el país, razón por la cual dispuse abstenerme de votar como una muestra de repudio a un sistema corrupto incapaz de regenerarse.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Pasadas las elecciones, sin embargo, caí en esa frase medio babosa de que la esperanza es lo último que se pierde y supuse que el general Pérez Molina podría tener un arranque de sentido de la responsabilidad histórica y que podría poner en cintura al Congreso, crisol de las mayores desgracias del país, y disponerse a buscar un sitial mediante la transformación profunda de nuestra institucionalidad en busca de la transparencia.
 
 Viendo las cosas en retrospectiva me pregunto cómo pude ser tan pendejo de no entender que mi punto de vista sobre nuestra realidad, con una estructura diseñada para alentar la corrupción y privilegiar el enriquecimiento ilícito, seguía siendo absolutamente correcto y que en esas condiciones creer que la esperanza no pasa de ser una solemne y colosal estupidez.
 
 Los hechos me han regresado a la realidad y me bajaron de esa nube babosa en la que me había colocado con una esperanza impropia de la experiencia que me da una vida en la que ya estoy tan adentrado como para formar parte de lo que en forma eufemística se conoce como la tercera edad. Está bien que un patojo sin experiencia se deje encandilar por las esperanzas y crea que pese a las evidencias concretas las cosas pueden cambiar simplemente por inspiración de una persona. Mamolas, decía mi abuelo, porque gallina que come huevo aunque le quemen el pico, y eso es lo que sucede con nuestra clase política que se acostumbró a sacarle raja al país, al erario y a los negocios con los particulares que con gusto participan del sainete que les deja tantas ganancias.
 Sin ánimo de justificarme, todavía antes de que tomaran posesión las actuales autoridades, en entrevista publicada en este medio decían que las leyes de transparencia serían su prioridad legislativa y que iban a perseguir a los corruptos del gobierno anterior. Ya para la aprobación de la reforma fiscal pactaron con quienes manejaron los más grandes negocios en tiempos de Colom y luego han pactado con los empresarios para no tipificar, jamás, como delito el tráfico de influencias ni el enriquecimiento ilícito que puedan amasar quienes hacen negocios turbios con contratos onerosos para el país.
 
 No sabía, sin embargo, que desde los primeros días, cuando integraron su equipo de gobierno buscaron abogados que fueran especialistas en armar negocios con el Estado y los nombraron para manejar, desde adentro, la enajenación de bienes públicos.
 
 En otras palabras, nada ha cambiado más que los nombres y las formas, pero la esencia sigue siendo la misma. Vivimos en un sistema donde todo mundo anda viendo cómo saca raja de los negocios públicos y eso no es únicamente culpa de los políticos, sino de una sociedad que ve en el Estado la piñata a la que se le puede sacar raja. Por supuesto que raja le sacan los que pueden venderle algo, construir algo, prestarle algún servicio, puesto que todo se hace con sobreprecios, con mala calidad y burlando controles y fiscalizaciones.
 
 Me siento avergonzado de que, estando tan convencido de que el sistema está podrido, haya sido tan incauto de suponer que podría haber un arranque de macho viejo de alguien que quisiera pasar a la historia como el responsable del cambio más significativo en la historia del país. Puras babosadas porque está demostrado que aquí nadie, salvo un puñado de ilusos, en realidad nadie quiere un cambio.