Por culpa de mi dilecto amigo el abogado René Arturo Villegas Lara, y para dejar en el olvido al admirado presidente Pérez Molina, con mi paisano Romualdo Tishudo veremos si no nos lleva la chingada, aunque quién sabe si al tomarnos una tregua para refugiarnos en el descanso o el reposo y permanecemos en silencio, abandonamos la batalla que con mi camarada hemos librado vanamente frente a la muralla del oprobio.
Seguramente ustedes, estimadas colochas y apreciados colochos, que son parte de mi reducido número de lectores estarán pensando que se me sobó el cable a causa de tanto exprimirme los sesos para procurar infructuosamente que no se consumara el rotundo negocio de Puerto Quetzal; pero no es así, sino que el galimatías del primer párrafo de este excelso artículo, es consecuencia del texto que el martes 21 el doctor Villegas Lara incluyó en su columna “Prosas Profanas”, aquí en La Hora, de la cual es colaborador, e incursionó en un asunto de suyo delicado, que tituló prosaicamente “¡Del verbo chingar!”, sin detenerse a pensar que su contenido podía ofender la conciencia de pudibundos lectores que no están acostumbrados a esa clase de groseras expresiones, impropias de un académico de su talla.
Adicionalmente, me llevó de corbata porque al hacer un recuento de expresiones que se aplican con el verbo chingar, escribió textualmente “A veces queremos decir que la distancia física es grande, aunque indeterminada, y entonces advertimos que ese lugar queda ‘Hasta la chingada’. ¿Sabía usted –pregunta el anfibio Villegas Lara– que hay un lugar, pueblo o aldea, no lo sé bien, que se llama ‘La Chingada’? Creo que se ubica en San Marcos y mi amigo Guayo Villatoro puede dar fe de eso”.
Tan arriesgada afirmación un poco dubitativa, me condujo a llamar a paisanos de mi querido Malacatán, especialmente de mi cálida aldea El Carmen Frontera, para confirmar mis suposiciones basadas en vagos recuerdos de mi lejana infancia, cuando escuchaba nombrar fincas, haciendas, aldeas y granjas con nombres muy originales, hasta que mi coterráneo Jorge Gutiérrez Chang me ayudó a sacarme de dudas, y fue así como corroboré lo que sospechaba al leer el citado artículo.
En efecto, el padre de don Dionisio (q.e.p.d.) y de José Gutiérrez Campollo y otros hermanos, era propietario de una heredad ubicada en un área montañosa, entre Malacatán y el municipio de Catarina, que la llamaban La Chingada, por lo recóndito del sitio donde se ubicaba, así como otros inmuebles rurales donde se cultivaba café o pastaban manadas de ganado vacuno, además de abundar variedad de árboles y prolíferas especies de fauna y flora.
Entre esas haciendas, fincas y terrenos del área se encontraban Veremos, El Silencio, El Descanso, El Olvido, El Reposo y Quién Sabe, y para llegar a esos parajes se tenía o tiene que pasar por La Batalla y La Muralla.
Quién sabe si veremos si al susodicho anuro insectívoro no se lo lleva la chingada si se aleja de charcos en sus horas de descanso y de silencio en la muralla de sus recuerdos, después de dejar en el olvido y en reposo su batalla contra las alturas.
(El Saltador de Caracoles podría asesorarlo).