En nuestro país, la izquierda guerrillera fracasó en el intento de gobernar e instaurar un Estado socialista; pero auxiliada por la piedad diplomática de sus fatigados patrocinadores extranjeros, pudo celebrar “acuerdos de paz” que disimularon ese fracaso, es decir, su infamante derrota militar.
Convertida ya en izquierda ex-guerrillera, optó por fundar partidos políticos, con los cuales renovó su fracaso.
Y entonces, despojada de armas y privada de votos, tornóse izquierda quejumbrosa. Precisamente una reciente “proclama” del partido Alternativa Nueva Nación, fundado por ex-guerrilleros, revela un caso actualizado de esa izquierda quejumbrosa.
En la “proclama”, el objeto predilecto de la quejumbre es, por ejemplo, “el Estado neoliberal”, “los grupos de gran poder económico”, “los poderes económicos más conservadores”, “las alianzas de grupos oligárquicos”, “la derecha extrema”, “las políticas neoliberales”, o “el sector hegemónico de poder oligárquico”.
Es un quejarse tan infatigable como tedioso, que puede ser consoladora catarsis pero nunca acción eficaz. Es un quejarse con el cual la izquierda ex-guerrillera merece más desprecio que compasión. Es un quejarse que se repite con rutinaria obstinación, como si el propósito de la izquierda ex-guerrillera (y de sus socios ideológicos igualmente quejumbrosos) fuera que el mundo, ansioso de que cese pronto esa hastiante quejumbre, le otorgara el poder gubernamental que ella no pudo obtener con armas y no ha podido obtener con votos, y que quizá nunca podrá obtener con su ingrata quejumbre, aunque la multiplique infinitamente.
Afirma la “proclama” que “nunca como ahora la situación política de América Latina y El Caribe ha sido tan ventajosa para las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias”, o fuerzas que Alternativa Nueva Nación deliberadamente elude llamar “fuerzas de izquierda”. Empero, tal “situación política” no ha sido “tan ventajosa” para la izquierda ex-guerrillera de nuestro país. Hasta podemos afirmar que, en América Latina y El Caribe, la izquierda más fracasada es esa quejumbrosa izquierda ex-guerrillera.
Es una izquierda tan fracasada, que parece resignarse a disfrutar del éxito de la izquierda en otros países, y complacerse en eludir la penosa contemplación de su propio fracaso. Inclúyese el fracaso que sufrió en el último proceso electoral, en el cual obtuvo una ridícula proporción de votos, que no fue más ridícula porque ya lo era demasiado.
La “proclama” juzga que “es urgente construir sin demora una amplia alianza de fuerzas políticas y sociales democráticas, progresistas y revolucionarias”. El propósito de la alianza sería “luchar por construir un proyecto político y social que permita la integración e instalación de un gobierno de unidad y salvación nacional”.
Opino que esa alianza no debería ser alianza para compartir quejas y fomentar un complaciente intercambio de lamentaciones. Debería ser una alianza erigida sobre las cenizas de la quejumbre, y que constituida por una descomunal proporción de las fuerzas de izquierda, y con una extraordinaria oferta política, y sensatos candidatos persuasivos y un asombroso “marketing” político, fuera capaz de aportar alguna promisoria ventaja competitiva en próximos procesos electorales.
Post scriptum. Si la quejumbrosa izquierda ex-guerrillera no puede incrementar decorosamente la proporción de votos favorables, debe evaluar la opción de no competir en procesos electorales; pues si no compite, por lo menos esconderá pudorosamente su intolerable miseria política.