Es solo tan solo una propuesta que difícilmente va a prosperar, pero el solo hecho de presentarla dice mucho. Las recientes noticias nos informan de que los sindicatos plantean utilizar el pasivo laboral, de cerca de 325 millones para invertir en las ampliaciones del puerto Quetzal. Sí, hablan de “inversión” en proyectos de infraestructura.
Inversión, un término típicamente capitalista que implica riesgo, expectativa de utilidades y en todo caso un uso de fondos que otrora serían pasivos. De repente el capitalismo deja de ser tan despreciable para aquellos grupos que tradicionalmente lo adversan. En otras palabras plantean poner a trabajar el capital (que suponen propio). Se prioriza el elemento capital sobre el elemento trabajo. El capitalismo gira alrededor de las oportunidades, de la optimización del capital, de la colocación de fondos en los sectores en que mejor rendimiento se visualiza. Y los sindicalistas lo saben, por eso han formulado esa iniciativa. ¡Imagínense cuánto rendimiento produciría esa fuerte inversión! Claro, existe todavía un largo trecho para que pueda cristalizar. En primer lugar el pasivo laboral no pertenece a los trabajadores, no es una cuenta de la que puedan disponer libremente; por el contrario es una reserva que tiene la empleadora con un fin muy específico: cubrir las indemnizaciones al momento de que se den por terminados los contratos de trabajo. Como en casi todas las entidades estatales o semiestatales, existe la indemnización universal y por ende cualquier trabajador percibe la indemnización por despido directo injustificado o por mera renuncia. Por eso se espera que cada trabajador recibirá “su tiempo” tarde o temprano. Aquí asoma el primer problema que es de tipo contable, la indemnización se va acumulando conforme los salarios del día de hoy, pero esa reserva se queda corta cada vez que se otorga un aumento. En otras palabras, la línea de los salarios es más empinada que la línea de la reserva del pasivo, por lo mismo cada vez es mayor la brecha entre esas dos líneas, resultado: que al momento de las liquidaciones se debe acudir a otra fuente adicional para completar los pasivos laborales. Por otra parte ese dinero no se puede tocar, por lo mismo, para el propietario es un capital aletargado, dormido, que para el interesado no genera un efecto positivo. Los fondos se depositan en cuentas bancarias por ser la disposición más segura de ese dinero; ello brinda seguridad pero poco productivo dadas las bajas tasas de interés. De aquí asoma el segundo problema, que la inflación por lo general es superior a los intereses y va desgastando el fondo. Lamentablemente en Guatemala no se ha desarrollado un verdadero mercado de capitales y por otro lado la certeza jurídica desincentiva cualquier tipo de inversión de este tipo. En Chile, una de las claves de su sorprendente despegue económico fue la disposición de los fondos de pensión en inversiones rentables y, claro está, bajo un sistema jurídico bien estructurado. Los fondos del IGSS tienen los mismos inconvenientes del fondo de los trabajadores del Puerto Quetzal: poca movilidad, desgaste por la inflación, desbalance continuo por los aumentos de salarios. Por otro lado, la idea de los sindicatos no es mala ya que la inversión es bastante segura pues la empresa portuaria es la única prestadora de los servicios propios del desembarco de los barcos. No se avizora competencia en lontananza y virtualmente pueden imponer las tarifas por descargas, almacenajes y traslados de furgones. Pero finalmente existe un problema legal de tipo laboral y constitucional, la indemnización es un derecho irrenunciable de los trabajadores y en ese contexto el fondo que garantiza su pago es intocable. En todo caso la visión “capitalista” de la propuesta sindical es interesante; tiene reflejos de los llamados “fondos solidaristas” que han rendido muchos beneficios a los trabajadores de esas asociaciones.