Al presidente Pérez ya le está haciendo aguas el cayuco


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¡Claro, porque algunas cosas muy puntuales que aseguró durante su campaña se le olvidaron en cuanto se sentó en la silla presidencial! Al fin y al cabo que el fin justifica los medios, puesto que se trataba de ganar las elecciones y las ganaron. Algo así, como que se vale mentir para ganar y después se podrían sacar las garras y la mano dura para dar el inesperado y real mazazo final.

Jesús Abalcázar López
jesus.abalcazar@gmail.com


Primero olvidó que dijo ¡no! a  la venta permitida de drogas. Fue astuto el Presidente, sacó los votos  y luego  buscó la bomba publicitaria que no estalló a su favor, por lo que salió sin resultados positivos. En este caso no fue sincero, pero sin duda que su Canciller Harold… le oró al oído para que planteara el asunto, lo cual sería su gran Hit. Sin embargo, los primeros que le dijeron ¡NO SEÑOR!, fueron los Estados Unidos y siguieron muchos más, incluyendo a los países centroamericanos que nunca se alinearon a su hermano mayor, a pesar de algunos cantos de sirena de la presidenta Chinchilla de Costa Rica y de la incomparecencia desafiante de presidentes como Ortega de Nicaragua y Funes de El Salvador. Pasó el tiempo y Pérez Molina no logró nada, a pesar de su propuesta en foros y reuniones de presidentes de nuestra Región y aún del Continente Americano. La despenalización de la droga nació muerta y los llamados a ser sus protagonistas le dieron la espalda, pero cumplieron con darle una veloz sepultura. Pero, no debemos olvidar que inició su mandato con UN  REGALO DE BIENVENIDA QUE FUE EL DESGRACIADO PAQUETE TRIBUTARIO, asunto que también negó en su campaña, indicando que sería objeto de serios análisis para no perjudicar a la población, muchos de ellos ignorantes, desempleados y hambrientos.

Sin embargo, no fue así, puesto que –nos adelantó el regalo de Navidad 2012: –la reforma tributaria– que llegó con malos presagios para la calamitosa situación económica de los ciudadanos. Porque el gobierno, politiqueramente hablando, sólo estaba pensando en recaudar más dinero, con impuestos más altos para las agonizantes clases media y baja, sin recapacitar en las consecuencias desastrosas a donde nos empujan las leyes tributarias. De las clases altas y adineradas pues… ni hablar, ya que como siempre fueron los menos afectados, porque como dice el dicho –la pita se rompe por lo más delgado. Con respecto a la abusiva reforma tributaria del gobierno patriotista, diremos que “violó el principio de la capacidad de pago de la población, puesto que las leyes tributarias deben estar estructuradas conforme al principio de capacidad de pago”, como lo manda la Constitución Política de nuestro  país. Sin ir muy lejos podemos mencionar el impuesto sobre circulación de vehículos, el cual lo subieron al doble, sin considerar que el pobre que se sacrifica por tener un pichirilo, aún a costa de sus propios alimentos, no está para gastar tanto dinero en la calcomanía. Y qué decir del pago de la primera matrícula que encarece la compra de un vehículo, y que ha sido calificado de inconstitucional.
 
Y para colmo de males, al Presidente se le ocurrió reformar nuestra Carta Magna, con lo cual ha sufrido un desgaste escandaloso, bajando en los porcentajes de aceptación del público, y corriendo el riesgo de seguir en picada, si continúa gobernando sin control. Sin duda quiere pasar como el mejor Presidente, (según él), tal como decía Portillo, Colom y otros más. Los que han opinado que una reforma constitucional es una cosa muy seria y de alta responsabilidad, para que se pretenda proponerla y aprobarla en un “dos por tres”, tienen toda la razón. En realidad el mayor problema de Guatemala no es la Constitución Política, sino los malos políticos que nos gobiernan; las leyes, las cuales se han hecho con deficiencias, sin duda por defender los intereses de los malos políticos y del caduco y antidemocrático sistema de partidos políticos, que son los que mantienen a la nación en el subdesarrollo, el abandono y la miseria. Pero, para comenzar, lo que hay que reformar es la Ley Electoral y de Partidos Políticos y otras qué, en honor a la justicia y la verdad, debería llamarse: “Ley Electoral y de la Participación Política y ciudadana”, para quitarnos de encima la lacra de los antidemocráticos partidos políticos, a los que se les ha dado un poder omnímodo, cuando que la participación política democrática, puede y debe darse a través de otras formas de organización, como los Comités Cívicos y otros grupos, y no sólo referirse a los partidos políticos.