La llamada telefónica de Juan Pablo, ayer por la mañana, no me pareció trascendental. Hablamos seguidamente y desde que abandonó el monasterio, con apenas 24 años, sé de sus andanzas y vida monótona. Diría que pocas cosas me sorprenden del amigo de antaño, excepto lo que me dijo hace sólo algunas horas.
De manera muy escueta me indicó que se casaba y estaba invitado cordialmente a su “acto suicida”. “Solo vos porque no tengo espacio ni para tu esposa, ni para tus novias”, me dijo en seco. La noticia de Juan Pablo me conmovió y no tuve otra que hacer de abogado del Diablo. Le expliqué que no tenía sentido que se casara, que su prometida ha sido su única novia desde que abandonó la cartuja y que sin duda fracasaría solemnemente en su proyecto sentimental.
Como todavía me respeta y escucha (fui su –de– formador en sus años de preparación al noviciado), me soltó un rollo con cierto afecto lejano. “Es cierto que no he tenido otras novias, pero es que no tengo necesidad de ello. Silvia me lo ha enseñado todo y he sido un aprendiz disciplinado para quien otros textos no me interesan: sólo quiero leer en su libro y estoy feliz”. Le pregunté dónde se casaría y me respondió que en el Camino Real. Entonces seguí con mi papel diabólico.
Le solté que no tenía sentido gastar tanto dinero en una boda. “¿Es que acaso sólo una vez te casarás en la vida?”, le dije. Y seguí. “Además, te veo con una formalidad que me deja quieto. Ni cuando te comprometiste con Dios al hacer votos para toda la vida te vi tan circunspecto y con ánimo infinito. Creo que Él se merecía mucha más seriedad que le muestras ahora a tu chica”.
Juan Pablo me dijo que no comparara su amor a Dios (el de años remotos) con la de su doncella. “Ella es real, la tengo al alcance de la mano, puede tocarme, me besa y acaricia. En cambio Dios…”. Se quedó pensativo y concluyó como nunca lo hubiera esperado. “Dios ni siquiera sabemos si existe en realidad”. En ese momento comprendí que Satanás encarnado en mi piel había terminado su tarea. El angelito de antaño se estrenaba ahora si no como ateo, como agnóstico.
Me despedí del amigo y le aseguré que no llegaría a su inmolación: “no quiero ser testigo de ese acto brutal”. Le dije que le deseaba lo mejor e incluso que me saludara a Silvia (a quien no conozco y sé que debe compartir la felicidad con el díscolo sentimental). Me recordé que yo también había cometido un error semejante hace muchos años y que no hubo poder del mundo que me hiciera cambiar de opinión en ese proyecto demente. Cuánto comprendo al pobre Juan Pablo.