Salud de Diógenes


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En milenaria y amena charla vía electrónica Ciudad de Guatemala – Atenas con mi querido maestro, colega y amigo Diógenes de Sinope o el Cínico, me aseguraba ser el segundo sorprendido (yo he sido el primero) al enterarse del bautizo, hace ya varias décadas, con su célebre nombre a ciertos trastornos de la conducta en personas mayores de 65 años, considerados como síndrome patológico digno de ser tratado por la especialidad médica psiquiatría.

René Leiva


Quiero recordar que mi inolvidable mentor griego, más allá de lo tenido por excéntrico, anecdótico y pintoresco, fue  un filósofo en el sentido más genuino del término, de cuando en la filosofía helénica todavía se percibían ecos poco conocidos de influencia llegada de India, sus gurús, santones y ascetas.

El cinismo, como escuela filosófica, surgió en Grecia como secta o derivación de la filosofía socrática, juntamente con el estoicismo, escepticismo, epicureísmo, y otros. Se tiene a Antístenes como su fundador, y a Diógenes como el maestro más destacado, quienes florecieron entre los siglos V y IV A.C.

La filosofía de los cínicos se destaca por su descarnada búsqueda de la verdad desde un plano ético y práctico en torno a la conducta del hombre, dejando de lado e incluso menospreciando planteamientos teóricos y especulaciones ontológicas. Uno de sus postulados implícitos es el de encontrar la verdad -la verdad humana- dondequiera se encuentre y el saber descubrirla así esté oculta tras mil velos y disfraces convencionales. El cinismo busca desenmascarar la verdad escondida en el corazón humano, y mostrarla a la luz del día sin importarle revelar llagas, las cicatrices y muecas horribles si con esto se logra identificar trampas e hipócritas correcciones. No conoce disimulos ni indirectas, rodeos ni eufemismos, falsas modestias ni falsos pudores. Llama al pan y al vino por sus verdaderos nombres. Es la ironía socrática llevada a sus últimas consecuencias. Es, en cierto modo, la voz infantil que no ha aprendido el artificio de engañar ni mucho menos engañarse, y por eso pregunta y responde y afirma con meridiana claridad. Obra conforme a la naturaleza y le tienen sin cuidado todos los convencionalismos.

Basado en el espíritu de mesura y armonía griego, el cínico renuncia sin resignarse a nada; y no se aviene a la denuncia oficiosa. Dirige su estilete crítico con afán de señalar vicios y errores institucionalizados que otra filosofía podría tolerar y justificar. Un ejercicio moralizador pero no morigerado ni mucho menos mojigato.

¿Síndrome de Diógenes? A Diógenes, mi maestro, le parece un insulto impune a su integridad humana e intelectual, a su ser coherente y consecuente; un golpe dado con alevosía, ventaja, en cuadrilla y aprovechando la nocturnidad del punto.