Cambios -algunos dramáticos- ocurren en Latinoamérica. El viernes pasado en Paraguay, y el próximo domingo en México, las elecciones, en las cuales seguramente el partido oficial perderá el control y quedará muy mal herido en el Congreso.
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En Paraguay, lo que llama la atención (además de las injustificables columnas de opinión de los ahora “expertos en derecho y constitucionalismo” paraguayo que, desde Guatemala, nos intentan convencer de que todo fue legal) es que los poderosos tienen bien planificada la válvula de escape para revertir, en 24 horas si lo quisiesen, cualquier situación desfavorable.
A muchos les gusta plantear las relaciones políticas como un juego de ajedrez, entre blancos y negros, izquierda y derecha, como si en el mundo solo hubiera dos bandos. Lo que sí es cierto es que la destitución de Fernando Lugo, por muy constitucional que puede ser, nos deja a todos, incluso los que no tenemos más vínculos con Paraguay que a Almeida como seleccionador nacional, un mal sabor de boca.
En México, también, pese a la inexperiencia y los resbalones políticos de Enrique Peña Nieto, es evidente que los grandes consorcios de comunicación intentan llevar, a punta de tuiterazos y encuestas más amañadas que partidos de la Selección de Futbol de Guatemala, al poder a este candidato que más parece galán de telenovela, coincidentemente casado con una actriz de Televisa.
Según las últimas encuestas (hace dos semanas que no se publican por ley en México, y las que estaban fueron eliminadas, incluso, de internet), Peña Nieto encabeza por más de diez puntos porcentuales a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que fue blanco de ataques, además de su invisibilización de los medios noticiosos en México.
Tal parece que Vicente Fox -el candidato que venció a la dictadura democrática del PRI, y que decidió, hace seis años, que Felipe Calderón sería el candidato presidencial oficial (a pesar de no figurar, ni por asomo en las encuestas)- está entregando en bandeja de plata la Presidencia a Peña Nieto. Y por más esperanzas que puedan tener los mexicanos, sobre todo los que impulsan el movimiento #YoSoy132, pesa la sombra de que hace seis años las autoridades federales mexicanas no quisieron transparentar y recontar los votos, pese a la disputa, las denuncias y la corta diferencia entre AMLO y Calderón. Y, en todo caso AMLO gana, los grandes medios de comunicación se rasgarían las vestiduras y gritarían “FRAUDE” al unísono, amparándose de que eso no reflejaban las encuestas.
Y mientras tanto, las autoridades mexicanas continúan inventándose grandes capturas de narcos, como la del supuesto hijo del Chapo, que un día lo fue, y al día siguiente lo desmintieron, sin siquiera ofrecer una disculpa.
Si la destitución en Paraguay y las elecciones en México son “constitucionales” y “democráticas”, entonces debemos empezar a aceptar que esto que se llama el “poder del pueblo y para el pueblo” simplemente no funciona. Lo que nos urge es botar (no votar) un nuevo modelo de empoderamiento de la población. Sin embargo, tal parece que es sumamente difícil, porque el poder hegemónico tiene pensados, desde hace rato, desde 1985, las válvulas de escape necesarias para evitar un cambio. Al contrario, quizá con el paso del tiempo tan solo estén pensando en mejorar, modernizar y optimizar las válvulas de escape, a través de reformas a las Constitución, que, como nos quedó claro en Paraguay, solo sirven para que el poder se perpetúe y todo siga igual por los siglos de los siglos. Amén.