Comparto el criterio de Oscar Clemente Marroquín respecto a que los pocos periodistas que hemos insistido en combatir la enquistada corrupción estamos arando en el mar, para utilizar una frase que cualquiera comprende, y similar efecto acontece con otros asuntos que, al igual que otros colegas, he enfocado con la lejanísima esperanza de que funcionarios del Ejecutivo y diputados al Congreso le pongan un poco de atención, tal el caso de excluir en la reforma fiscal a los jubilados y pensionados como sujetos tributarios.
Con semejante pesimismo he reiterado que el Estado, los políticos, los empresarios y los ciudadanos de a pie compartan responsabilidades en defensa de los recursos naturales y en defensa del medio ambiente, para evitar que se agudice los efectos del calentamiento global; sin encontrar eco a mis tribulaciones.
La semana anterior publiqué con análogo desanimo dos artículos referentes a la remota posibilidad de que los expertos que están afanados en reformar la Ley Electoral y de Partidos Políticos examinen la opción de modificar el artículo 205, a fin de discutir una probable reformulación de los distritos electorales, habiendo mencionado casos concretos.
Pese a ese escepticismo, reitero mi propuesta porque mi condición de guatemalteco interesado en contribuir minúsculamente a encontrar salidas al ficticio sistema democrático representativo, me lo impone, en defensa de los derechos de los compatriotas que periódicamente son engañados y estafados por políticos mañosos que proliferan más de lo acostumbrado durante el desarrollo de procesos electorales.
Para fortuna de mis intenciones, recibí un correo electrónico que contiene un artículo publicado por Alejandra Gutiérrez en el periódico cibernético Plaza Pública, que aborda un tema que abona mis argumentos, titulado “Entre dos lealtades: ¿los electores o el partido?”, señalando de entrada que el 80 % de los congresistas fueron elegidos (supuestamente) para defender los intereses de los distritos que representan; pero, en la práctica, están subordinados a las líneas trazadas por la dirigencia de los partidos políticos a los que están afiliados o que una vez en el Congreso cambian de bancada, cínico y burdo fenómeno conocido como transfuguismo.
El análisis puntualiza que “Al hacer las comparaciones de las tendencias de votos (de los parlamentarios) las cifras revelan que la lealtad de los diputados pertenece a su partido y no a su distrito” y agrega que “En la mayoría de los casos (los) diputados apuestan por el partido en que estén y olvidan a aquellos que los eligieron o los intereses específicos de sus comunidades”.
Quizá mediante una nueva división de distritos como lo he propuesto, pero que es perfeccionable, podría evitarse esa traición a los electores, porque los candidatos a diputados tendrían una relación más directa y personal con los votantes y sus comunidades.
(El elector Romualdo Tishudo, al pasar por un cementerio y leer en una lápida este epitafio -Aquí yace un político leal, un hombre honrado, un hombre capaz, se persigna y exclama:-¡Púchica, en una misma tumba enterraron a tres hombres juntos!).