Pueblo demuestra que la sostenibilidad es posible


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Las vacas lecheras en la granja de Carlos Marques eran solo eso: ganado que pastaban en las laderas de montañas donde la mayoría de los árboles del denso bosque tropical fueron eliminados hace tiempo para crear pastizales y despejar el terreno para cultivos.

Por JENNY BARCHFIELD RIO CLARO / Agencia AP

Ahora, los árboles le generan dinero también.

El agricultor de 68 años participa en un proyecto piloto que busca revertir la mecánica económica de destrucción del medio ambiente, al compensar a los campesinos por proteger los bosques que benefician una cuenca hidrográfica crucial con el dinero que obtienen de los millones de personas que usan esa agua.

Es el tipo de iniciativas que están en el centro de los debates de la conferencia de la ONU Río+20, una cumbre de tres días que termina el viernes y que busca promover el desarrollo sostenible como la prioridad máxima de la agenda mundial.

«Solía pensarse que el bosque no valía nada», dijo Fernando Veiga, gerente de fondos acuíferos de la organización ambientalista The Nature Conservancy, la cual ayudó a organizar el proyecto de la zona de Río Claro, junto con una ONG brasileña y los gobiernos estatal y municipal. «Ahora sabemos lo importantes que son los árboles vivos para el planeta y ahora tienen un valor monetario», agregó.

Según sus defensores, el desarrollo sostenible —el que permite un crecimiento económico que satisfaga las necesidades actuales de la gente, preservando los recursos naturales para el futuro— es la única manera de evitar una crisis ambiental que podría ser catastrófica para el planeta y la humanidad.

No obstante, sus críticos sostienen que la idea es utilizada apenas como una fachada que permite a gobiernos y empresas generar la impresión de que protegen el medio ambiente, cuando en realidad todo sigue funcionando como siempre.

Cuando se miran las colinas redondeadas alrededor de la granja de Marques —cerca del pueblo de Río Claro, a 130 kilómetros (80 millas) al sur de Río de Janeiro_, es difícil creer que toda esta región estaba envuelta en una vegetación densa.

Devastada durante siglos de deforestación —primero por plantaciones de café, luego por productores de carbón y ahora por la ganadería y la expansión urbana— el Bosque Atlántico de Brasil ha quedado reducido a apenas el 12% de su tamaño original. Los científicos dicen que es uno de los ecosistemas más amenazados del mundo.

Las colinas que rodean Río Claro ahora lucen casi desiertas, con apenas una capa de hierba rala en la que pasta el ganado flaco, que mastica hasta la raíz. Con tan poca vegetación que sujete la tierra en su lugar, la erosión se ha llevado las capas vivas de tierra roja.

Este paisaje desolado es donde nace el río Guandu, que provee el 80% del agua de Río de Janeiro. Debido a la deforestación y la erosión, el agua abunda menos que lo que solía ser, según los lugareños, y el limo de la erosión y otros contaminantes se filtran hasta los afluentes del Guandu, así como al río mismo.

Eso obliga a los funcionarios a potabilizar fuertemente el agua, generando un costo a la ciudad de 500 millones de dólares al año, según los ambientalistas. Sin embargo, la mayoría de los residentes de Río de Janeiro pueden darse el lujo de pagar por agua embotellada.

En la propiedad de Marques, por ejemplo, el arroyo que alguna vez fluía hacia sus cultivos se ha secado, al igual que muchas otras corrientes en la zona, dijo el agricultor.

The Nature Conservancy y una organización asociada, el Instituto Terra, desarrollaron el Fondo del Agua del Guandu para proteger el suministro del agua que llega a Río de Janeiro, mediante la inversión en los bosques que ayudan a generar el agua misma. La idea era invertir en su origen aquellos ingresos generados río abajo por el uso del agua.

Bajo el proyecto piloto, iniciado en 2009, los consumidores del agua están pagando y repartiendo medio millón de dólares a los pequeños agricultores alrededor de Río Claro, quienes a cambio se comprometen a conservar sus bosques o permitir que sean reforestadas partes de sus tierras.

Los agricultores firman un contrato en el que se comprometen a alejar sus animales de las parcelas protegidas. Los organizadores envían equipos de personas contratadas localmente para cercar áreas y plantar miles de árboles de unas 80 especies nativas.

Los pagos son pequeños en su mayoría —Marques recibe apenas 640 dólares al año por sus 25 hectáreas (62 acres) protegidas_, pero los defensores dicen que incluso las cantidades simbólicas ayudan a cambiar la actitud de la gente a favor de la conservación.

«Antes pensaba en los árboles como algo mío, que podía usar a mi antojo, pero ahora veo las cosas diferente», dijo Marques, padre de cinco y abuelo de cinco. «Los árboles que crecen aquí son míos, pero muchas otras personas dependen de ellos también, así que al salvar aunque sea un solo árbol, estoy haciendo un servicio para toda la humanidad», añadió.

Desde que él se unió al proyecto hace tres años, el arroyo seco resucitó. Al principio era un simple chorrito de agua, dijo, pero ahora es una corriente gruesa.

Con ventajas reales y cuantificables para unos nueve millones de consumidores en Río de Janeiro, así como para los bosques y los lugareños que lo consideran su hogar, el Fondo del Agua del río Gandu encarna una situación en la que todos ganan, tanto personas como el medio ambiente. Eso es lo que el desarrollo sostenible aspira a ser.

Tales iniciativas ganan fuerza entre los políticos como una manera de disminuir el tipo de destrucción masiva del medio ambiente al que se culpa de un aumento en los últimos años de sequías, inundaciones y otros desastres naturales devastadores.

La noción de desarrollo sostenible nació mucho antes de la reunión precursora de la actual conferencia en curso: la Cumbre de la Tierra de Naciones Unidas de 1992, que ayudó a poner el cambio climático en la agenda mundial. Aún así, sigue siendo un concepto amorfo y polarizante.

«Varían las definiciones lo que es exactamente el desarrollo sostenible, de una sociedad a otra», dijo Jeffrey Sachs, el economista que encabeza el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.

«Aunque hay grandes debates sobre los detalles y la forma de equilibrar … la economía, el medio ambiente y el bienestar social, creo que la idea básica que tenemos, de tres temas de fondo y no uno, es la más importante», afirmó.

Sin embargo, ha sido difícil ponerse de acuerdo sobre cómo ponerla en la práctica.

Semanas de disputas entre países ricos y pobres retrasaron un acuerdo sobre las conclusiones finales de la cumbre y el resultado ha decepcionado a los grupos ambientalistas, que lo han calificado de ineficaz e insuficiente.

«Lo que habla mucha gente en la cumbre cuando se trata de desarrollo sostenible no es más que lo mismo de siempre pero con un nombre diferente, algo que traerá miseria a muchos y ganancias a unos pocos», dijo Daniel Mittler, director de política de Greenpeace y quien encabeza la delegación de la organización ambientalista a Río+20.

«Pero esto no debe ser así: La sostenibilidad es un programa para beneficiar a las personas y al planeta al mismo tiempo», dijo Mittler, añadiendo que se necesitan voluntad política y dirección para que funcione a nivel global. «La tragedia de Río+20 es que los gobiernos no aprovechan esa oportunidad».

Mientras las personas encargadas de tomar las decisiones se enfrascan en debates sobre asuntos lingüísticos, Marques, el agricultor de Río Claro, dice estar totalmente convencido de la importancia del desarrollo sostenible.

«Necesito dinero para vivir, pero también necesito aire limpio y agua limpia», dijo. «Este proyecto me da los tres al mismo tiempo».