Agotar los recursos del diálogo


Oscar-Clemente-Marroquin

Creo que ha sido en extremo afortunada la forma en que terminó negociándose la entrega de los institutos públicos por los alumnos de magisterio que se oponen al cambio en su formación, a las autoridades del ministerio, puesto que se había llegado a un punto en el que pendía de un hilo la decisión de usar la fuerza para lograr el desalojo en ejecución de alguna orden que fuera dictada con apego a la ley.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


El diálogo estaba totalmente roto y el mismo mediador enviado por el Procurador de los Derechos Humanos declaró ayer que no había más materia de mediación por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos y que su presencia se limitaría a buscar que no se cometieran excesos en la implementación de las medidas de fuerza a fin de asegurar que las instalaciones pudieran ser devueltas a las autoridades para que alumnos que no tenían nada que ver con el reclamo de los estudiantes de magisterio pudieran seguir recibiendo sus clases. Todo parecía indicar que vendría una situación violenta y en esas condiciones no se podía descartar alguna tragedia provocada o accidental, pero capaz de meternos en una confrontación social extraordinaria.
 
 Para un gobierno civil pero dirigido por un militar como Pérez Molina, hubiera sido trágico un desenlace como el que ayer se temió durante varias horas, porque en el exterior se lo hubieran comido vivo e internamente se estaría hablando de que esa era la mano dura que se ofreció durante la campaña, dirigida contra grupos sociales y no contra los delincuentes. Eso hace más valiosa aún la actitud de las autoridades que se esforzaron por encontrar soluciones dialogadas, puesto que no sólo demostraron la madurez que obviamente no tenían los grupos estudiantiles, sino que además sentaron un sano precedente con esa mezcla de firmeza y disposición a dialogar. El resultado es que los alumnos salieron de los establecimientos sin que tengamos ninguna desgracia que lamentar y que los niños que estaban siendo afectados por la toma de las instalaciones puedan recibir sus clases con normalidad.
 
 Quien haya tenido alguna vez que estar en situación de tener que negociar en posiciones que llegan a límites de la intransigencia sabe que es sumamente tenue la línea que hay entre una solución pacífica y el enfrentamiento. Por muy buena disposición que tenga alguna de las partes, un exabrupto, una imprudencia de alguien, que puede ser de cualquiera de los bandos, se convierte en una chispa que desata pasiones imposibles ya de contener una vez llevadas a los golpes y porrazos.
 
 Ayer un agente de la PNC detonó accidentalmente una granada con gas lacrimógeno y eso hubiera bastado para crear el caos, lo mismo que las expresiones altaneras de algunos de los manifestantes que, incentivados por la adrenalina del momento, provocaban a las fuerzas de seguridad. Impedir una confrontación en esos momentos de tensión tiene enorme mérito, no sólo de quienes están encerrados negociando y contrastando puntos de vista tan opuestos y distantes, sino también de quienes están en primera línea de la  protesta y en cualquier momento pueden provocar o sufrir una provocación que explote incontroladamente.
 
 Vista la situación a posteriori parece que se impuso la lógica, que triunfó la razón y la madurez, pero repito que quien haya vivido momentos como esos, de negociaciones estancadas y posturas tan encontradas, sabrá que no es fácil haber llegado a un desenlace como el que afortunadamente se dio. Y hay que reconocer la actitud tanto de las autoridades que quisieron agotar los recursos del diálogo, como de los estudiantes que desistieron de actitudes radicales que impedían cualquier solución.