Era un pastor religioso tan exitoso económicamente, que estaba convencido de que ese éxito era una prueba irrefutable de la existencia de Dios.
Era un ateo tan irresponsable, que creía que si el ateísmo era un error, Dios era culpable de ese error.
Era tal mal escritor, que fundó un club de lectores piadosos, para que leyeran sus libros.
Era tan relativista, que creía que la relatividad de las cosas era absoluta.
Era tan ecologista, que creía que ser víctima mortal de la mordida de una serpiente era parte de un glorioso equilibrio cósmico.
Era tan conservacionista, que creía que consumir carne de gallina exponía a sus amadas gallináceas al peligro de extinción.
Era tan ambientalista, que respiraba con suma cautela, para reducir la producción de dióxido de carbono.
Eran tan devoto creyente en el calentamiento global, que cuando había demasiado frío temía incendiarse.
Era tan creyente en el Estado benefactor, que él mismo creía ser obra de un providencial decreto gubernamental.
Era tan feroz opositor a la pena de muerte, que proponía fusilar a quienes la propugnaran.
Era tan envidioso, que el fracaso ajeno le provocaba más placer que el éxito propio.
Era un juez tan justo, que por un prometido veredicto favorable le cobraba más al rico que al pobre.
Eran tan propenso al error, que cuando intentaba corregir alguno de sus errores, cometía uno mayor.
Era tan creyente en la dialéctica, que él mismo predicaba ser una síntesis maravillosa de sus propias contradicciones.
Era un socialista tan auténtico, que quería que el socialismo nunca fuera real, para que nunca pudiera fracasar.
Era un socialista tan consistente, que prefería que todos fueran pobres, y no que sólo algunos fueran ricos.
Era un marxista tan convencido, que finalmente decidió leer algún libro de Karl Marx.
Era un pobre tan resentido, que odiaba a los ricos, no porque él fuera pobre, sino porque los ricos no se volvían pobres.
Era un ciego tan escéptico, que no creía en el amor a primera vista, sino en el amor a primer tacto.
Era un sepulturero tan próspero, que amaba más la muerte que la vida.
Era un sepulturero tan obsesivo, que quería sepultar su pasado.
Era tan buen psiquiatra, que nunca se enamoró locamente.
Era tan buen nadador, que únicamente podía ahogarse en llanto.
Era tan buen jinete, que sólo caía cuando montaba en cólera.
Era un agente policial tan honrado, que sólo un perro podía morderlo.
Post scriptum. Era un político tan honesto, que exigía no votar por él.