Egipto, Guatemala y las reformas


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Cualquiera que voltee su mirada hoy hacia Egipto, se encontrará con que el Parlamento que fue electo por buena cantidad de millones de habitantes de ese país fue disuelto hace unos días por las fuerzas armadas, aun con el consentimiento de la corte judicial. Es decir, su experimento democrático iniciado tras la salida obligada de Hosni Mubarak el año pasado, muestra sus grandes debilidades en pleno nacimiento.

Luis F. Arévalo A.
lufearevalo@yahoo.es


Y esto viene porque desde la perspectiva que se tenía de ese país, cuando iniciaron las protestas contra el exdictador, se supone que florecería la primavera árabe iniciada en Túnez y que supuestamente está llegando a Siria.

Guatemala inició su regreso al proyecto democrático en 1985 y hasta ahora las cosas de fondo parece que no han cambiado ni con la firma de los Acuerdo de Paz en 1996, aunque los burócratas internacionales, que solo saben hablar bien de los procesos en que se encuentran los países o solo saben sugerir medidas que posiblemente nunca encajarán en todos los lugares que ellos imaginan crean que las cosas están mejores hoy.

Pero Egipto y Guatemala, ¿qué tienen en común? Pues que la percepción internacional de ambos países seguramente contrasta con la realidad nacional que día a día vivimos como ciudadanos en las dos naciones.

Para Egipto se aplaude que vayan a las urnas a elegir presidente, cuando les disolvieron el Parlamento. Vaya juego democrático.

En nuestro país, lamentablemente, parece que la democracia se reduce apenas a lo que Juan Luis Font decía en su artículo de opinión del lunes pasado en el elPeriódico.

Es decir, todo se delega a la apuesta de sectores de la población que siempre han gobernado y por lo visto continuarán con sus intenciones de hacerlo. La democracia se redujo a simples juegos de negocios a los cuales gran parte de esos grupos quiere acceder, mantener o recuperar.

Parafraseando a Font en el artículo citado, se busca colocar el caballo ganador pero si este se va quedando en la carrera siempre está la opción de seducir al que llevaría la delantera.

Y como en Guatemala para ser presidente hay que simpatizar con varios sectores y hacer cola por un par de periodos o quizá solo uno, entonces los que financian la democracia se vuelven muy buenos previsores.

Tanto que ahora se apunta a una reforma constitucional de una Carta Magna de apenas 27 años, ya trastocada, que obviamente no ha terminado de desarrollar su potencial de leyes ordinarias como una de competencia y otra contra el enriquecimiento ilícito, por ejemplo.

¿Qué hacer entonces, cuando ya la modificación está a las puertas para supuestamente hacer que el sistema judicial cumpla su cometido y que la tan aclamada y esperada transparencia ajusticie a los que hacen de la cosa pública su forma de vida no tan transparente, que el sistema político sea más dinámico y que el aspecto fiscal por fin se maneje con responsabilidad?

Por ahora, conocer las propuestas e informarse de la consistencia de las reformas que se vayan a plantear y luego, si al final de cuentas, ya descartada una Asamblea Nacional Constituyente el Congreso convoca a consulta popular, decidir si el país –con toda su gente y recursos- se entrega aún más o se empieza a reformar de verdad y que la democracia no sea una fachada para solo continuar con negocios eternos.