¿Hay voluntad para cambiar?


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Ahora que debatimos la posibilidad de reformar la Constitución del país y que nos la presentan como el elemento más importante para lograr un cambio, creo que debemos reparar en el hecho de que la reforma en sí misma no modificará el rumbo del país, a menos que nos comprometamos a ejercer la ciudadanía de forma diferente, conscientes de que la manera en que actuamos como sociedad es penosa y esta no puede ser modificada por decreto.

Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt


Las reformas a la Constitución tienen dos problemas a mi juicio, uno coyuntural y otro estructural. El primero es que son propuestas realizadas por personajes que ya estuvieron en la guayaba como diría Serrano, pero  nada hicieron por cambiar las perversas reglas de un juego que todos nos resistimos a abandonar. El segundo, es que en base a lo que manda la Constitución, serán los diputados, una de las vergüenzas más grandes de este país, quienes sentarán las bases para una consulta popular que se moverá al ritmo de las campañas electorales.

Además, debemos tener en cuenta que las reformas son impulsadas por un Gobierno al que le cuesta tomar rumbo, especialmente porque se resiste a tomar pasos firmes en el tema de la transparencia y al que su pugna interna entre sus dos principales operadores políticos, lo hace tan volátil como sus políticas. Salvo la reforma fiscal, el Gobierno apuesta a todo y termina en nada en muchos aspectos y para muestra, el botón de la despenalización.

Por otro lado, la franqueza y la transparencia, elementos esenciales en cualquier política de Estado y necesarios para cambiar al país, brillan por su ausencia en un Gobierno que, como el Chavo del Ocho, dice que si quiere, pero no hace nada concreto en ese sentido, dejándonos dudas respecto a dónde está trazada la línea entre el bien y el mal. Es más, el Presidente no ha sentado una clara postura respecto a la Ley contra la Corrupción, tal y como lo hizo cuando abiertamente pidió la aprobación de la reforma fiscal.

He insistido en que la aprobación de la mencionada ley tal y como fue dictaminada de manera favorable, es tan solo un primer paso para que las cosas cambien, pero no veo en la ciudadanía un clamor claro e incuestionable que enfrente a las fuerzas del mal que hacen peligrar la vigencia de la misma. Por ello decía, que en todo caso el primer paso es que la ley surja a la vida jurídica, pero eso no sería suficiente porque si no encontramos los mecanismos para aplicarla con un único y absoluto rasero, pasará lo de siempre, es decir  tendremos una aplicación antojadiza de la ley.

Ni para los grandes temas como el de los celulares, logramos unificar criterios para decir ya basta. Buena parte de la población persiste en recurrir a la compra de aparatos robados, generando el gran negocio del flasheo, mientras que  las telefónicas se resisten a dejar de habilitar esos aparatos, argumentando tecnicismos complejos. Se crea así el círculo vicioso perfecto, hasta que nos tocan a un ser querido y el círculo nos abre un hoyo en el corazón.

Por todo eso es que insisto que no importa qué reformemos mientras como sociedad no nos dispongamos a unirnos y cambiar nosotros las reglas del juego. La impunidad que a veces nos beneficia, es la misma que al final nos termina perjudicando y que es consecuencia de nuestra doble moral y falta de carácter, que nos impide ser determinantes, predicar con el ejemplo y ser categóricos para exigir la aplicación por igual de las leyes.

Podemos llegar a reformar todo lo que se nos ocurra, pero si persiste nuestra indiferente actitud ciudadana, no sólo dejaremos que las modificaciones sean, por enésima vez, para seguir protegiendo intereses específicos, sino que además seguiremos alimentando la podredumbre de un país que tiene lo que ha cosechado. No es sólo culpa de los políticos, es culpa también de una población que a pesar de vivir al borde del precipicio, nada o muy poco hace para cambiar las reglas del juego en beneficio de la mayoría.