El genial e iconoclasta Oscar Wilde dijo que, pesimista es aquel que entre dos males escoge los dos. Y parece que una gran mayoría de los guatemaltecos encuadramos en esa definición. El primer pesimista se vive quejando de todo; nada funciona bien y por eso quiere reformarlo todo como expresión de que todo está mal, que necesita modificarse. El objeto de su ira es el sistema; no las personas. Las instituciones colapsaron.
El Congreso está estancado. La educación está por los suelos. La justicia en trapos de cucaracha. La seguridad inexistente. El MP inoperante. Y así podríamos llenar esta columna con lúgubres proclamas que critican acremente al sistema. O sea está fallando el sistema. Por su lado el otro pesimista proclama a los cuatro vientos que los diputados son ineptos, que los ministros son ineficientes, que las comisiones de postulación han sido politizadas, que muchos alcaldes son corruptos, que el Fiscal General o el Procurador son puestos politiqueros, que los jueces son corruptos, que los maestros son irresponsables, etc. La causa de sus enojos son las personas corruptas e ineptas que llegan a ocupar puestos públicos. Juntando a los dos pesimistas nos encontramos frente a dos fatalidades: el sistema y las personas. En cuanto al sistema surgen muchos Arquímedes que pretenden descubrir la piedra negra filosofal de los grandes males. Brincan de emoción al descubrir que el origen de todos los defectos es: los diputados no deben ser más de 60; no debe haber reelección de diputados ni listados nacionales; el cargo de presidente debe ser por cinco años; los magistrados de la Corte deben ser nombrados por diez años. ¡Qué lentos, qué mensos, los constituyentes y gobernantes! ¿Cómo no se habían dado cuenta antes? Con la nueva profesionalización la Policía va a caminar como en la seda. Ahora bien, como la gran mayoría de esas instituciones o procedimientos están consagrados en la Constitución es la Carta Magna la que debe cargar con todo ese lastre y debe reformarse. Implementando esos geniales descubrimientos vamos a llegar a una nirvana social en la Tierra. Ese enfoque comparte la visión roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza pero la sociedad y las instituciones lo corrompen. ¡Pobrecito! Con una maquinaria mejor engranada los políticos volverán a ser buenos. Los otros pesimistas aseguran que, no importa qué sistema se implemente, la sociedad es la que está corrompida. Y aquí los dedos señalan la falta de principios éticos y morales, el egoísmo que avasalla nuestra comunidad. El problema no está en el sistema sino que en las personas, por ende no es relevante un cambio más o uno menos en el texto de la Constitución, si no cambian las actitudes poco provecho va a rendir. Agregan que la Constitución es buena. Que si esta Constitución no se cumple ninguna se va a cumplir. Aseguran que el ser humano de hoy está carcomido por el materialismo, distorsionado por las drogas, idiotizado por la “bobalización” y culpan al oportunismo, a la avaricia, al relajamiento de los valores sociales como origen de todos los males sociales; y sobre todo aquella vieja expresión que ya no se emplea “temor de Dios”, es algo que no existe más ¿Acaso tiene cabida Dios en este mundo moderno? Y en todo caso ¿De qué partido es? Por eso, por más que los alquimistas sociales procuren la fórmula mágica no van a haber mejoras si no cambian las actitudes. Soy de la opinión que nuestra Constitución es buena, que por ser muy detallista permite ajustes con la evolución de las comunidades pero son pequeños cambios que deben planificarse para dentro de cuatro años para tener tiempo de discutirlos y para que no luzca como una reforma hecha “a la medida”.