Más o menos alrededor de los años 60 y 70 del siglo pasado, ocurre la transformación histórica en la que el capitalismo recurre a la transnacionalización de la producción de las mercancías, eso significó llevar bienes de consumo al alcance del consumidor; el efecto a partir de ese momento no se ha detenido, solo se ha profundizado. La producción en masa a bajo costo, creó el efecto que todos podíamos consumir de todo, fuera aquí en Guatemala o en Singapur.
En realidad ese desborde global de la producción de mercancías, creó al mismo tiempo una falsa ilusión de exclusividad; la gente empezó a consumir un perfume fino, una pantalla de alta tecnología, una computadora de punta, el mismo automóvil, pensando que pertenece al grupo exclusivo que podía tener ese lujo, estuviera en un país pobre o en uno rico. A partir de ese momento las campañas publicitarias se planifican para el planeta, ya no para un país. Es en ese momento que las condiciones de desarrollo del capitalismo en el orden global, empiezan a profundizar un comportamiento social esquizoide, a partir del cual el individuo empezaría a perder contacto con la realidad, para sujetarse inexorablemente a una ilusión. En palabras de Guy Deboard (1967), “toda la vida de las sociedades en las que domina la condición de producción moderna, se convierte en una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo vivido directamente se convierte en una representación de la realidad.” Sociedades precapitalistas como esta, tarde o temprano llegaríamos también al consumo masificado, nos convertiríamos en sujetos del mundo en razón no de nuestra capacidad de producción, sino del consumo ideológico de un sin número de baratijas de consumo superfluo, especialmente a partir de los años noventa con la irrupción de los productos digitales de comunicación (actualmente hay 22 millones de líneas celulares para 14 millones de habitantes). La ilusión pues también cooptó rápidamente las conciencias débiles de los guatemaltecos que empezarían a aspirar exclusividad en medio de precariedad y desigualdad. Todas las economías terminarían siendo periféricas sobre un centro ilusorio, aun en los andamios frágiles de la economía guatemalteca. Aquel efecto masificador de consumo aspiracional empezaría antes en el mundo del capitalismo desarrollado y llegaría más tarde a los rincones precarios.
Como sabemos, esa fase del capitalismo desbordado puso fin a la llamada modernidad que tuvo su inicio allá por el siglo XV, con las empresas de la corona española que despojarían el oro de Latinoamérica, mineral precioso que luego de ser llevado a Europa le daría un salto al capitalismo mundial. Cinco siglos después, personas como Yolanda Oquelí, lideresa de la comunidad de San Pedro Ayampuc sufre un ataque armado, por defender su derecho de resistencia pacífica contra la actividad extractiva minera de transnacionales que arremeten un nuevo despojo. El mismo oro que una vez fue extraído, hoy es el que regresa en forma de transnacional, que junto a otras, inducen la nueva forma de vida que sacraliza la ilusión y la imagen, erradica lo concreto y lo sustituye por lo abstracto. Es el tiempo de las imágenes que son las que moldean la identidad y no la interacción humana, la relación entre las personas se aglutina a partir del espectáculo, de lo no vivido, de lo que no es, es la era en la que las identidades se forman a partir de la aspiración. Se mimetiza la percepción de la mercancía, despojándonos así mismos de nuestra propia identidad. La orden dicta just buy it y a partir de allí el nuevo orden social es articulado por una infinita ilusión.