TARÁNTULAS. Mi amiga la tarántula (Eurypelma), comadre de mis también amigas la viuda negra, la solpuga y la migala, por este medio idóneo desea dejar claro que no le une ningún parentesco consanguíneo ni por afinidad, relación de amistad, trabajo, ideología o correligionariedad política con cierta dama (o no tanto) que con intenciones inconfesables ha usurpado su buen nombre –tarántula–, obviamente sin su conocimiento ni anuencia.
Mi amiga la tarántula admite que es de malas pulgas, no se deja parar mosca y que “si me chingan” (sic) puede picar e inocular veneno mortal, pero que solitaria y quitada de ruidos como suele ser (vive entre las piedras y en hoyos del suelo), nunca ha estafado ni despojado a nadie de sus propiedades propias, sería incapaz de crear una estructura criminal ni de mandar a asesinar a nadie, pues de cobarde no tiene un pelo abdominal.
Además, se reserva el derecho de presentar denuncia y querella ante autoridad más o menos incompetente contra la cierta dama (o no tanto) que viene usurpando su buen nombre artrópodo e incluso sus funciones específicas, estas últimas en obvia desnaturalización, adulteración y falsificación, en grave perjuicio social hacia su persona, de mi amiga la tarántula.
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LA ALMOHADA. Hubo un tiempo romántico en que, por atención a ciertas sugerencias, nada me costaba consultar con la almohada, previas caricias y palabras amorosas, acerca de diversos asuntos, dificultades, problemáticas y embrolladas materias que se cernían o amenazaban cernirse sobre o en mí, y dicha pieza blanda y mullida (o no tanto), ciertamente, al principio atinaba en sus juicios y pareceres, asesoría y consejos prácticos y específicos. Pero de un tiempo ¿cuál? a esta parte ¿cuál?, dejé de confiar en ella, en la almohada, debido a ciertos desaciertos, evidentes errores de apreciación, faltas de atención, desvíos en su manera de captar y procesar mis diferentes planteamientos, obvias distracciones de su parte al punto de dejarme hablando solo, etcétera. Así las cosas entendí y comprendí que la dichosa almohada ya no era de fiar, que no podía yo seguir literalmente desnudándome ante ella, confiándole mis más secretos e íntimos temores, cuitas, indecisiones, incertidumbres, contriciones… Pero lo que no soporto ni tolero son las infidencias, la deslealtad, esa traicionera falta de la debida nobleza.
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“No es lo mismo matarse trabajando que trabajar matando.” (El Sicario, según Perogrullo.)