Quien haya conocido a Jorge Serrano Elías puede dar fe de la enorme sabiduría que hay en ese dicho popular que atribuye a algunos el genio y la figura hasta la sepultura. Jorge ha sido, desde joven, un individuo tan egocéntrico que pierde por completo el contacto con la realidad porque se hace sus propias fantasías y termina creyéndolas.
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Por ello no puede extrañar a nadie el libro que con bombos y platillos está presentando como si fuera una pieza fundamental para entender la Guatemala de hoy. No hay ni una sola palabra en la que Jorge Serrano insinúe siquiera que pudo haberse equivocado y su único lamento es no haber podido llevar a cabo el serranazo, el golpe de Estado que él mismo anunció cuando comunicó a la población que por sus pistolas había disuelto la Corte Suprema de Justicia y el Congreso de la República. El colmo es que hasta el vergonzoso episodio de la Sopa de Cebolla ahora lo atribuye a una “conspiración militar” en su contra, montada para desprestigiarlo y preparando el camino para su posterior derrocamiento.
Por supuesto que nadie puede negar el papel que jugaron poderosos empresarios en el movimiento de resistencia ante la decisión de Serrano de gobernar por decreto, erigiéndose en dictador y nombrando a una Corte Suprema de Justicia que respondería de manera directa a sus instrucciones. Tampoco se puede negar el papel que jugó parte de la prensa ni el papel que jugó parte del Ejército, pero al final de cuentas el único causante de la alteración del orden constitucional fue precisamente el gobernante que había jurado defender la Constitución.
Que había corrupción en el Congreso es tan cierto y era tan evidente como la corrupción que mediante el manejo de los gastos confidenciales había en la Presidencia de la República. Tanto que cumpliendo con sus principios religiosos, entregaban mensualmente millonarios diezmos a su pastor que se embolsaba tranquilamente los cheques que la familia Serrano aportaba en cumplimiento de sus creencias. La Hora publicó uno de esos cheques jugosos en los que, con dinero del pueblo, se pagó el diezmo.
Pero el punto es que en el caso del libro de Serrano no vale la pena ni refutarlo siquiera puesto que es un burdo monumento a su eterna megalomanía. Los guatemaltecos, según lo expresa reiteradamente, tienen que lamentarse para siempre del desenlace que tuvo su asonada golpista porque si él hubiera logrado consolidarse en la dictadura que se había propuesto, el país sería un paraíso sin corrupción, sin influencias de poderes paralelos y fácticos ni presencia del narcotráfico o cualquier expresión de crimen organizado.
Ni una palabra de los dobletes y la forma en que usó los confidenciales para comprar el voto de los corruptos diputados. Ni una palabra sobre los confidenciales que siempre proclamó como “suyos” y con los cuales podía hacer lo que le viniera en gana. Ahora resulta que cuando participó como candidato ya era un próspero empresario lleno de dinero.
Su libro es un alegato contra los primos Gutiérrez y Bosch y contra el general Pérez Molina, actual presidente de la República de Guatemala, pero no contiene ni un aporte sobre la realidad de lo que ocurría en su gestión y sobre la corrupción que él mismo alentó sobornando a congresistas venales que explotaron la tendencia que tenía su gobierno a arreglar las cosas mediante el pago ilícito entregado en vergonzosos sobres.
En el caso de La Hora, rechazamos la censura y luchamos contra ella por lo que significaba. Repudiamos el manotazo constitucional porque sabíamos que el golpista no era ajeno a la corrupción del Congreso y de la Corte, aunque siempre pensé que si no comete el error de querer acallar a la prensa, a lo mejor hasta hubiera recibido el aplauso de algunos.