En el último escrito quedamos en que una cucharadita de ADN contiene información para construir 350 veces la población mundial. Esto nos da indicios importantes, porque el ser humano con toda su inteligencia y con todo su desarrollo tecnológico, hasta la fecha no ha logrado inventar un componente que pueda almacenar datos que siquiera se aproxime a esa capacidad. Sin embargo, el disco compacto (CD), aunque gigantescamente inferior, es un excelente ejemplo.
El disco compacto tiene un diseño eficaz y su superficie es lisa y brillante al ojo humano. Es obvio que esto fue inventado y realizado por uno o varios seres inteligentes. Un CD puede contener instrucciones coherentes y detalladas sobre la forma de construir, reparar y darle mantenimiento a una maquinaria sofisticada. Esta información no cambia su esencia de una manera perceptible y su principal valor radica en esa información. El lector está seguro de que las instrucciones grabadas en el CD fueron escritas por medio de la intervención de una mente inteligente y no emanada de materiales químicos inertes que se unieron por una mera casualidad bajo circunstancias perfectas que se dieron también por eventualidad. Tiene que haber una mente científica y un escritor de por medio. Puede compararse perfectamente el genoma con un libro o con un CD.
Científicamente se puede afirmar que: “La idea de considerar el genoma como un libro no es, en rigor, siquiera una metáfora. Es literalmente cierta. Un libro o un CD es una pieza de información digital y también lo es un genoma. El genoma es un libro muy inteligente porque en condiciones adecuadas puede fotocopiarse y leerse a sí mismo”. Esto último nos lleva a otro interesante semblante del ADN.
No debemos olvidar que seguimos ubicados dentro de la enorme edificación que nos enseña cómo funciona una típica célula humana y mientras estamos allí parados completamente quietos, nos preguntamos si el núcleo celular es tan estático como una momia. Entonces vemos una urna de cristal que guarda un modelo de segmento de ADN y, sobre ella, otra pantalla que dice: “Pulse el botón para una demostración”. Pulsamos y oímos a un narrador decir: “El ADN realiza por lo menos dos tareas cruciales. La primera se llama replicación. El ADN se debe copiar a fin de dotar a toda nueva célula de un juego completo de la misma información genética. Observe la siguiente simulación”.
Por una puerta situada en un extremo de la urna vemos entrar una máquina bastante complicada. Se trata, realmente, de una piña de robots. La máquina se acopla a la molécula de ADN y empieza a deslizarse como un tren sobre rieles. Como va un poco rápido, no distinguimos bien lo que hace, pero sí nos percatamos que detrás de ella hay dos cuerdas completas de ADN en lugar de una.
El narrador explica: “Esta es un versión bastante simplificada de lo que sucede cuando el ADN se replica. Un grupo de máquinas moleculares llamadas enzimas se desplazan a lo largo del ADN y lo desdoblan en dos; luego toman cada hebra como molde y generan una nueva hebra complementaria. Resulta imposible mostrarles todos los dispositivos que entran en acción, como el aparatito que va delante de la máquina replicadora cortando una de las dos hebras para que el ADN rote libremente y así evitar el superenrollamiento. Tampoco podemos enseñarles cómo se efectúan las múltiples ‘correcciones de pruebas’. Las erratas se detectan y se enmiendan con asombrosa exactitud.