Cien años de Las señoritas de Avignon


«Horrible», «chocante», «monstruosa». Las reacciones de horror no faltaron cuando Pablo Picasso presentó hace justo cien años la pintura «Les demoiselles d’Avignon», más tarde reconocida como la obra fundadora del arte moderno.


Un siglo después, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), que alberga la obra maestra desde hace 68 años, presenta una exposición en homenaje a las «Demoiselles» (señoritas) con una docena de estudios preliminares.

Normalmente expuesta en medio de otros tesoros, esta vez la monumental tela ocupa un espacio para ella sola.

La representación de cinco prostitutas, dos de ellas con el rostro cubierto de máscaras africanas, ya no genera escándalo, pero sigue siendo una impresión visual, «incluso después de un siglo de arte donde la única ambición fue sobrepasar la obra de Picasso», escribe el crí­tico del New York Times, Michael Kimmelman.

Testigos del largo recorrido del artista español, los dibujos preparatorios, de los cuales existen cientos, cuentan su intenso trabajo durante seis meses en su atelier parisino de Bateau-Lavoir.

Simples croquis en lápiz o telas completas, la docena de piezas mostradas por el MoMA, provenientes principalmente del Museo Picasso de Parí­s, muestran la amplitud del emprendimiento, que estuvo lejos de aquella reputación de obra «espontánea»: cada personaje fue varias veces dibujado, individualmente y en el conjunto, intentos con siete personajes (entre ellos un marino y un estudiante), luego seis, luego cinco, la influencia del arte africano o la escultura ibérica antigua (rostros asimétricos, párpados pesados, orejas sobredimensionadas).

«Vemos todos los caminos que eligió no tomar, no sabí­a adónde lo llevarí­a este viaje», señaló Anna Swinbourne, conservadora del MoMA. «Abrió la ruta al cubismo, a la presencia de más de dos dimensiones, a una multitud de estilos en una tela. Abrió posibilidades para casi todo».

Sin embargo, en aquella época Picasso no recibió recompensa alguna, y debió confrontarse a la incomprensión y el rechazo, incluido de parte de sus colegas y amigos.

«Sus cuadros son una ofensa a la naturaleza, a las tradiciones, a la decencia. Son abominables», se leí­a en 1910 en la revista neoyorquina «The Architectural Record».

Las «Demoiselles» permanecieron durante años lejos del ojo público, algo que se sumó al misticismo generado por ese rechazo general.

Finalmente, el escritor surrealista André Breton convence en 1924 al coleccionista francés Jacquet Doucet de invertir en una obra que según él «trasciende la pintura, y es un teatro de todo lo que pasó en estos últimos 50 años». Por ella se pagó entonces 30.000 francos.

El MoMA compró la tela en 1939. Más adelante, distintas obras enriquecieron las colecciones del museo, uno de los mejores dotados. Pero «no puedo encontrar otra que genere la misma atención», dijo Swinbourne. «Siempre enigmática, difí­cil de leer, misteriosa, es la llave de su magia».

La muestra especial en el MoMa (www.moma.org) permanecerá abierta hasta el 27 de agosto.