En días pasados, me tocó el honor de dirigir, con motivo de la graduación de estudiantes universitarios, el discurso académico que tiene por finalidad tanto felicitar a los graduandos como animarlos en su camino futuro profesional. El evento es extraordinario y lleno de felicidad y optimismo, por tal sentido, quiero compartir con los lectores algunas de las ideas que sugerí en su momento. Espero que sea de provecho para la reflexión.
“Es para mí un gusto y un verdadero honor dirigirme a ustedes en un momento tan especial de su vida personal como es el acto de graduación, la coronación de una meta, el triunfo alcanzado luego de años de sacrificio y disciplina tenaz. No es cualquier cosa, siento que estoy frente a héroes de carne y hueso, venidos de una guerra incruenta en la que han tenido que sacrificar parte de su vida para obtener la victoria.
Hay motivos para estar alegres y festejar. Si fuera religioso, y lo soy ciertamente de alguna manera, diría textualmente lo mismo que rezan los monjes en la Liturgia de las Horas: “Este es el día del Señor”. Pero para no meterme en Honduras lo diré más prosaicamente, como quizá lo expresarían los griegos: lo que vivimos hoy es un “momento oportuno”, el Kairós.
Es este “Kairós”, este tiempo oportuno, el que debe impulsarnos a vivir con intensidad esta celebración que apenas empezamos. Hay que festejar. En esto debemos imitar a los dioses que según una tradición religiosa reputada, ríen. Así lo dice Umberto Eco en “El nombre de la Rosa”: Las divinidades sonríen y bailan. “Apenas Dios rió, nacieron siete dioses que gobernaron el mundo; apenas se echó a reír, apareció la luz; con la segunda carcajada apareció el agua; y al séptimo día de su risa apareció el alma…”. En conclusión, Dios nos sonríe desde el cielo.
Que la felicidad, sin embargo, no obnubile nuestra mente. Hay mucho por hacer y no podemos cruzarnos de brazos y hacernos los despistados todo el tiempo. El título que ahora consiguen les faculta para tareas inmensas y les abre posibilidades que deben aprovechar con responsabilidad. Lejos de nosotros el individualismo y las actitudes egoístas que nos permitan compartir lo mucho que hemos recibido. Lo nuestro debe ser arar en la inmensa viña y hacer producir los frutos.
El trabajo continúa. Si bien ustedes son nuestros héroes, la milicia no termina hoy, aquí y ahora. No es el momento para jubilarse y guardar las armas (las nuestras son intelectuales). Consideremos el momento como una tregua para seguir soñando y labrar con la misma tenacidad el futuro que tenemos por delante. Hay metas que debemos obtener y no podemos sentirnos aún satisfechos.
La licenciatura es un paso (un gran paso), pero debemos seguir. En esto debemos tomarnos en serio lo que los jesuitas llaman el “magis”. ¿Qué es este “magis”, sino el aspirar siempre a lo mejor? Yo lo traduzco como el estado permanente de insatisfacción en búsqueda de un anhelo: lo óptimo, lo mejor. Siempre hay que querer más porque sentirse satisfecho tiene muy poco que ver con la realización de la persona humana.
La universidad se ha esmerado en dos cosas fundamentalmente. En primer lugar, en hacer de ustedes profesionales competentes. Era necesario volverlos peritos en sus campos de estudio y enseñarles el oficio. En esto gastaron ustedes mucha energía y esfuerzo porque no es fácil obtener la habilidad en un tiempo tan perentorio como en el que lo han logrado. Es cierto que hay que seguir formándose, pero poseen ya entre sus manos un instrumental que los vuelve capaces de hacerlo de manera individual y autónoma. Esto es fabuloso.
En segundo lugar, y nótese que esto no lo hacen la mayor parte de las universidades del mercado, este centro de estudio se ha empeñado en su formación humana. No es un “plus” cualquiera. La humanidad cada vez es más consciente de que un profesional sin calidad personal está condenado al fracaso. No ha querido este centro de estudios superiores que fueran “un profesional más” en el mercado laboral, sino un “profesional humano”: con mucho cerebro, sí, claro que sí, pero también con bastante humanidad”.