El debate entre la Casa Blanca y el Congreso de mayoría demócrata sobre Irak es aprovechado al máximo en la campaña presidencial de 2008, con los candidatos presidenciales de cada partido intentando marcar sus diferencias ante los electores.
En contacto diario con una base electoral que reclama acción, tanto en el campo demócrata como en el republicano, los candidatos que aún ocupan escaños en el Congreso, deben por momentos pasar de un discurso virulento a la búsqueda de un compromiso político.
En cambio, los que no ocupan cargos en el Congreso, como el candidato demócrata John Edwards, pueden darse el lujo de pedir al Congreso que suspenda el financiamiento de la guerra sin tener en cuenta la realidad política de la capital federal.
La senadora Hillary Clinton, quien intenta por todos los medios borrar la mancha de su pasado cuando votó en favor de la guerra en 2002, endureció su posición contra la intervención militar y es una de las más tenaces defensoras de un regreso de las tropas estadounidenses.
La ex primera dama, senadora por Nueva York y una de las favoritas por el Partido Demócrata, urgió al Congreso a que fije oficialmente para el próximo 11 de octubre el fin de la misión de los militares estadounidenses en Irak.
Sus rivales en la carrera hacia la Casa Blanca en el seno de su partido no tardaron en reaccionar.
El senador Joseph Biden recordó que en febrero ya propuso dar por terminada la misión militar. Y también el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, reivindicó la paternidad de la propuesta.
«Aplaudo su apoyo a mi posición», dijo Richardson en la cadena de televisión NBC.
Una vez más, John Edwards denunció la tibieza de la propuesta y recordó en la cadena ABC el poder que tiene el Congreso de poner fin a esta guerra.
Edwards arrojó más leña al fuego cuando afirmó que en lugar de renunciar a un proyecto de ley para imponer un calendario de retiro de las tropas, bloqueado por un veto presidencial el 1 de mayo pasado, el Congreso debe «permanecer firme» y enviar una y otra vez la misma propuesta al presidente George W. Bush.
Algunos de sus adversarios expresaron su descontento con esta presión de un ex senador, que dejó Washington en 2004 al final de un mandato, tras haber intentando alzarse en vano con la vicepresidencia del país en 2004. «Recibir lecciones de los que están afuera (…) para ellos es demasiado fácil», se quejó el senador Chris Dodd, también candidato a la presidencia.
El jefe de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, el principal candidato para negociar un proyecto de ley sobre Irak, que sea aceptable tanto para Bush como para los demócratas, aseguró la semana pasada que la campaña presidencial no ensombrecería el difícil diálogo entre la Casa Blanca y el Congreso.
Del lado republicano, por el contrario, sólo un 15% considera que la guerra en Irak está perdida, lo que explica la línea dura adoptada por los diez candidatos de ese partido durante su primer debate televisivo la semana pasada.
«Debemos ganar en Irak, si nos retiramos será un caos», subrayó el senador John McCain.
En igual sentido se pronunció el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, cuando afirmó que un retiro prematuro de Irak sería «un error garrafal».