Siempre sostuve que Otto Pérez Molina tendría ventaja sobre cualquier otro candidato al llegar a la Presidencia porque conocía los vericuetos del poder, sus potencialidades y también los vicios que destruyen a quien lo alcanza. Pensé que su cercanía a De León Carpio sería lección suficiente para entender las debilidades inherentes al poder mismo, aunque parezca paradoja, y que sabría manejarlas.
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Cuando me comentaron que estaba muy molesto con La Hora por la crítica que se le hizo cuando usó los mismos argumentos que Colom para viajar en el avión privado de poderosos empresarios, empecé a dudar de si realmente Pérez tendría la capacidad de superar esa vieja tendencia a ver micos aparejados y suponer que toda crítica es únicamente para jorobarle la paciencia a quien gobierna. Era preciso, en ese momento, que Colom entendiera que era absurdo usar idénticos argumentos a los que hicieron que todos, incluyendo al mismo Pérez, criticaran al entonces presidente por caer en las redes de Zaragoza y del grupo Tomza.
Luego vino su reacción al decretar el Estado de Sitio en Santa Cruz Barillas, puesto que aunque pueda haber intromisión de sectores extraños en el problema, es un hecho que se tenía que investigar seriamente la denuncia de un asesinato ocurrido en el marco del conflicto por la hidroeléctrica. Además, viendo después el tono arrogante del representante de los españoles que construyen la represa, uno se da cuenta que no se puede culpar únicamente a los que se oponen al proyecto, porque es obvio que hay desprecio hacia ellos y hacia su visión cósmica, por los extranjeros.
El caso del Ministro de Salud Pública ha sido una muestra de que Pérez Molina está teniendo dificultades muy serias para admitir que puede cometer errores y por ello han hecho hasta lo imposible por arreglarle la situación al doctor Villavicencio, no obstante, que es evidente, absolutamente claro, que fue nombrado sin que pudieran llenar los requisitos que la ley exige. En vez de llamar la atención a sus asesores legales, incluyendo la Secretaría General de la Presidencia, considera que se están ensañando contra el nombrado sin entender que se trata de una cuestión puramente legal y de principio. No se puede nombrar a quien no tiene finiquito. Yo personalmente digo que el finiquito no es prueba de honestidad y que lo tienen muchos pícaros que saben hacer bien sus cosas, pero la ley dice que para el ejercicio de un cargo público se debe presentar si el nombrado ha administrado caudales públicos y ese es el caso de Villavicencio.
Pérez Molina sabe que los presidentes empiezan a ser rodeados por gente que les hace creer que son infalibles, que son perfectos, que sólo ellos tienen la visión completa de la realidad y por lo tanto nadie puede entender por qué hacen las cosas que hacen. Los críticos o son pendejos que no entienden lo que es la compleja realidad o malintencionados que únicamente critican por criticar, para bajarle el cuero al poderoso.
Yo he tratado a muchos gobernantes y varios de ellos me han pedido consejo, pero cuando uno les dice las cosas como son, como realmente se ven desde afuera y sin las lisonjas a que se han acostumbrado, ya no les parece porque la voz solitaria de quien cuestiona, de quien ve el pelo en la sopa, suena a terrible disidencia en medio de ese coro laudatorio que se escucha todo el día y a toda hora.
Es más fácil, y mucho más agradable, oír a alguien que dice que no es lo mismo usar el avión de los Gutiérrez que el del mexicano que maneja el gas. Que no es lo mismo que lo hiciera Colom, de quien se podía tener cualquier sospecha, a que lo haga Pérez Molina, a quien colocan más allá del bien y del mal. Yo no creo en ese doble rasero ni acomodo mi criterio a gustos del momento.