El paisaje constituye lo externo por antonomasia, la parte de la naturaleza que está fuera del individuo y a la que estéticamente cabe observar con espíritu analítico y objetivo y, en consecuencia, representar artísticamente con un realismo convincente, de equilibrado contenido emotivo.


Es, en verdad, un género de lejanías físicas y emotivas, aunque los encuadres por medio de los cuales el paisajista recorta el contínuum de la Naturaleza para destacar su “aspecto estético” sean producto de una sensibilidad innata que equilibra la visión de conjunto implícita en el paisaje con sutilezas de la observación y primores del oficio en los que propiamente reside la expresividad poética de este tipo de imágenes. El sueño, en cambio, es lo interno por antonomasia, o mejor dicho la ventana que permite ver el mundo interior del individuo, cuyas imágenes cabe interpretar con espíritu poético y, consecuentemente, representar con un lenguaje de símbolos y alusiones que se refieren ya no al contexto de la naturaleza sino al de la cultura y la historia personal y colectiva.
En la obra del pintor Alfredo García (1951) que actualmente se expone en Café Saúl del Paseo Cayalá aparece ese paisaje objetivo proyectado en la materia etérea de los sueños, en imágenes frágiles y delicadas en las que se confunden los límites de la realidad con los de la fantasía, difuminados en una atmósfera poética y brumosa como la que baja de las cumbres montañosas de occidente hasta los valles, pueblos y sembradíos de Xelajú; o bien, invirtiendo los términos de la descripción anterior: en su pintura aparece el mundo de los sueños poblado del paisaje objetivo de la región de Los Altos, convertido en imagen inquietante por un absurdo que podemos atribuir a la fantasía imaginativa muy propia de los artistas de Quetzaltenango.
Como sea que se interprete, es indudable que lo que cultiva Alfredo García en su pintura no es el paisaje tal como lo conocemos en la larga tradición de paisajistas de Guatemala, ni tampoco es una mera proyección “surrealista” y poética de sus sueños más íntimos y personales. Quizás la clave de su expresión no esté en los elementos objetivos que conforman sus imágenes: las casas, cercas y pequeñas lanchas que se recortan nítidamente en unas llanuras o en unas aguas que se pierden en el infinito, ni en los elementos cotidianos del mundo personal del autor, las gavetas, las sillas, insertos allí, como una nota ciertamente tierna pero incongruente en el paisaje de otra manera natural. Quizás el sentido de sus imágenes está en esa atmósfera brumosa que no sólo las envuelve sino que las hace posible como reunión de dos mundos, como punto en el que se traslapan dos interpretaciones de lo real tradicionalmente opuestas y contradictorias: la de la necesidad (el realismo) y la del deseo (el sueño), conciliadas en su obra por un certero espíritu poético que no tiene nada que ver con el realismo mágico sino que traduce un modo de ser, de ver, de sentir y de expresar muy propio de la cultura profunda de Quetzaltenango.
Digamos, entonces, que en la pintura de Alfredo García se asoma esa cultura profunda para ver con los ojos velados por el sueño el antiquísimo misterio que esconden el cielo y las nubes, la tierra y las montañas, las casas y los campos, los lagos y los cayucos. No se trata de una visión paisajística ni de una postura teórica-estética, sino propiamente de una cosmovisión más compleja dentro de la cual el paisaje como lugar donde habita el ser humano es entrañable, está hecho de la misma materia transparente y posee la misma textura espiritual que los pensamientos y los seres y objetos imaginarios. Se comprende, entonces, el delicado oficio del pintor de brumas, la exactitud de la palidez de sus colores, la fineza de la línea con que teje estos paisajes que lo guardan dentro de sus gavetas rústicas, olorosas a limpio.
Sirvan estos conceptos de invitación para participar en la conversación sobre la obra del pintor quetzalteco con la doctora Silvia Herrera el día 25 de mayo a las 10:00 horas en Café Saúl del Paseo Cayalá.